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lunes, 18 de julio de 2016

¿Es bueno hacer regalos a los niños por las buenas notas?


Después de que los niños hayan superado el curso con éxito a muchos padres les surgen dudas sobre cómo deben actuar. ¿Deben obsequiarles con algún regalo o intentar que todo entre dentro de la normalidad? ¿Se merecen sus hijos alguna sorpresa o no deben acostumbrarles a obtener recompensas por sus méritos?

«Los padres deben saber lo que se ha esforzado su hijo durante el curso, y considerar si es el momento adecuado o si se lo merece, pero no hacerlo por costumbre y mucho menos porque los demás compañeros sí que obtienen un regalo», afirma Virginia Carrera Ramírez, psicopedagoga de la consulta de psicopedagogía Virginia Carrera.

Óscar González Vázquez, profesor y director de la Escuela de padres con talento, se decanta por ofrecer más atención a los pequeños día a día y gestos que refuercen su confianza, los cuales considera mucho más necesarios para la educación y autoestima de los jóvenes. Como apunta Virginia Carrera, «es un tema complicado y no tiene una respuesta tajante». Todo depende de si se parte de la base de que estudiar es solo una obligación o, si por el contrario, se pretende otorgar un presente como algo merecido por el esfuerzo diario.

En lo que ambos coinciden es en que las cosas materiales no son la mejor forma de premiar el esfuerzo de los hijos. Se trata de enseñarles a que trabajen, lo que a largo plazo les hará más felices que conseguir todo lo que quieren sin esfuerzo ninguno.

Estos son los argumentos de ambos expertos tanto a favor como en contra de los regalos por las buenas notas.

En contra

— El niño debe entender que estudiar es su responsabilidad y que sacar buenas notas es imprescindible para labrarse un buen futuro. No se puede acostumbrar al estudiante a obtener siempre una recompensa por sus logros y muchos menos a diario. Hay que evitar frases como: «si terminas los deberes te doy la paga» o «si apruebas el curso te compro un juego». Eso jamás.

— Los regalos pueden ser contraproducentes, ya que el joven puede entender las cosas al revés y llegar a pensar que más que tener la obligación de trabajar, son sus padres los que deben obsequiarlos al finalizar el curso. Además, esto hará que cada vez pidan más y mejores regalos.

— No puede ser utilizado como un fin en sí mismo. El niño puede interpretar que la única razón por la que debe estudiar es para recibir algo a cambio. Existe el riesgo de que se perciba como algo intrínseco al final de cada trimestre o curso. Dejará de ser efectivo porque esperarán el obsequio incluso cuando bajen las calificaciones en sus notas.

— Prometerle un presente por aprobar todo también puede ser perjudicial en el caso de que no lo consiga, pues no haremos sino aumentar su sensación de fracaso.

Es mejor el refuerzo cotidiano, con palabras positivas y consecuencias directas en los hábitos del día a día. Que después de terminar los deberes puedan jugar, ir al parque, utilizar la videoconsola, etc.

— Resulta más efectivo dedicarles tiempo y afecto, pues con ello construirán su personalidad y se fortalecerán los vínculos familiares. Hay que tener en cuenta que lo más valioso que se puede dejar a los hijos son los valores y una base para su futura vida adulta. Lo material es momentáneo.

A favor

— Un regalo puede ser una buena manera de que el crío aprenda que el esfuerzo y la constancia dan sus frutos. De la misma forma que los adultos agradecen recibir un detalle en su trabajo y les ayuda a motivarse.

— En caso de que se opte por regalar algo por los aprobados, hay que valorar si, en vez de objetos materiales, no le puede hacer más falta una felicitación, un abrazo, un beso o algo de atención. Son gestos sencillos pero muy poderosos, que llenan al adolescente de satisfacción. Un buen regalo puede ser un elogio: «¡Qué bien lo has hecho! Eso es porque te has esforzado durante todo el curso». El niño estará encantado de que se le reconozca su trabajo y esfuerzo.

No es malo recompensar el esfuerzo continuado pero lo ideal es que el niño no se lo espere, así lo entenderá como el resultado de su trabajo y no como algo que debe recibir sí o sí. Así, valorará y será consciente de su propia constancia y dedicación.

— Dependiendo de las circunstancias, un regalo puede utilizarse como incentivo cuando el niño empieza a desviarse del rumbo y siempre que no contribuya a su indisciplina. Se puede intentar que lo tome como una meta, como una motivación. En cualquier caso, no suele ser efectivo, ya que se convierte en un objetivo a largo plazo que el niño no es capaz de mantener, y al no ser algo inmediato pierde el interés. Por ello, siempre es mejor llevar a cabo un refuerzo diario y sin premios que tengan un valor económico.

— Algo material que se les puede regalar es un libro. Pero no uno cualquiera: un libro que él elija y le guste. Así, al mismo tiempo se fomenta el placer de la lectura.

lunes, 13 de junio de 2016

8 Alternativas a gritar que funcionan de verdad


Conseguir que nuestros hijos pequeños nos escuchen y obedezcan puede ser un reto en ciertos momentos. Aunque estemos frente a un niño obediente siempre habrá momentos en los que su cansancio, el contexto de juego con sus hermanos u otra cosa que le llame más su atención que tu propia voz haga que simplemente no te escuche. En algunas ocasiones puede ser divertido unirse al juego, o dejar al niño que se quede en su mundo, pero en otras necesitaremos que nuestro hijo nos atienda.  Cuando esto no ocurre de manera natural, el primer instinto será gritar.

Todos los padres gritan en alguna ocasión. El grito aparece de manera natural cuando nos sentimos frustrados porque nuestros hijos no nos escuchan. Si estamos cansados o malhumorados es más fácil que acabemos soltando un grito. Sin embargo, a la mayoría de niños no les gusta que sus padres griten y la mayoría de padres no les gusta que sus hijos solo les escuchen cuando gritan. A continuación puedes encontrar 8 estrategias eficaces para reducir al máximo los gritos en tu casa.

1.Pon normas claras

La primera regla de oro para evitar los gritos es tener una serie de normas claras que faciliten la convivencia. Unas normas claras a la mesa, unas reglas que delimiten los tiempos de televisión, juego y ayuda en casa, permitirán que los niños estén centrados en lo que tienen que estar y que tengan los oídos despejados y la mente preparada para escuchar y hacer lo que le pedimos.

2.Establece el protocolo de emergencia

Acuerda un protocolo de emergencia con tus hijos. Después de un día en el que les grité a mis hijos (2, 3 y 5 años de edad) a la hora de la cena porque no me estaban obedeciendo, ellos me regañaron y me dijeron lo mal que se sentían cuando me enfadaba tanto. Yo reconocí mi fallo y les pedí que me dieran una alternativa. Ellos estuvieron de acuerdo que mi labor de padre era difícil si mi única alternativa era el grito, así que acordamos tener una especie de “protocolo de emergencia”. Acordamos entre todos que, antes de gritar, les avisaría. La señal para acordamos para avisarles de que estaba a punto de estallar sería contar hasta tres, avisando de antemano que estaba a punto de gritar. En cuanto veo que mis ánimos se están cargando, les digo, “Estoy a punto de enfadarme de verdad, voy a contar hasta tres y os quiero a todos sentados a la mesa…”. Con esta señal su cerebro sabe inmediatamente que están sobrepasando el límite de mi paciencia (que si, como la de todos, tiene un límite) y enseguida obedecen. Ellos tienen una señal de aviso que les sirve para reaccionar y a todos nos parece un trato justo. Si no lo has hecho, no lo dudes; acuerda con tus hijos un “protocolo de emergencia” y ahorraréis gritos y disgustos.

3.Actúa como si fuera sordo

Para llamar la atención de una persona sorda no le puedes gritar (ni tampoco hablar), porque simplemente no te puede escuchar. Con un hijo que está absorto mirando algo o enloquecido jugando con sus hermanos puede pasar lo mismo. El colectivo de personas sordas utiliza otras estrategias para llamar la atención de sus compañeros sordos. La que más utilizo en casa es tocar el hombro de mis hijos para llamar su atención. El contacto físico hace que podamos llegar al cerebro del niño por una vía poco habitual lo que provocará su sorpresa y aumentará la probabilidad de que nos preste atención.

4.¿Has probado a pedirlo por favor?

La palabra mágica, no solo funciona con los adultos. Los niños también prestan más atención cuando les pedimos las cosas por favor. Desde los dos años de edad los niños desarrollan su instinto altruista y son más proclives a actuar de una determinada manera cuando perciben que están ayudando a otra persona. Pedir al niño que, por favor, nos escuche o nos ayude, aumentará las probabilidades de que el niño preste la atención.

5.Díselo al oído

Esta es una estrategia que me funciona especialmente bien. Cuando  decimos algo al oído normalmente ponemos la mano alrededor de la oreja, permitiendo el contacto físico. Ese contacto físico hará que su cerebro segregue oxitocina (la hormona del vínculo y la unión) facilitando que el niño te preste más atención. Así mismo, cuando susurramos, su atención auditiva tiene que esforzarse por escuchar tu mensaje con lo que conseguiremos que (1) se concentre (2) se calme (3) entienda el mensaje que le queremos transmitir. Si al terminar el mensaje secreto lo acompañamos con un “Venga, obedece, gamberrote” el éxito está casi asegurado. Es una técnica que realmente funciona muy bien. Al fin y al cabo ¿a qué niño no le entusiasma conocer un secreto?

6.Ponte al nivel de sus ojos

Uno de los mayores errores de los padres que quieren que sus hijos les hagan caso es hablarles en la región periférica del campo visual. En esta región periférica los estímulos son percibidos por el cerebro como irrelevantes. Si les hablas a tus hijos de pie (mientras ellos están sentados en el suelo) o desde su espalda (mientras juegan a la consola) la probabilidad de que te hagan caso es muy pequeña. En esa disposición tú y tus intenciones resultáis irrelevantes. No es de extrañar que el padre o madre que se siente ignorado se frustre y acabe gritando, pero esto se podría evitar simplemente agachándote y poniéndote al nivel de sus ojos. Si sus ojos miran a tus ojos es muy probable que su cerebro también escuche tus palabras.

7.Sácale del contexto

Cuando el niño está absorto en un juego o saltando sobre la cama con sus hermanos es difícil que te pueda atender. En estos casos sólo suele haber dos alternativas para conseguir que el niño preste atención a tus palabras. Una, es gritarle. La otra es sacarle del contexto que le tiene absorto. Si está jugando a la consola (cosa poco recomendable a estas edades), dile que la pare un momento, y si está en el cuarto de juegos o saltando sobre la cama, quizás te puedas tumbar en ella y, cuando salte sobre ti (que lo hará) puedes atraparlo y llevaros al cuarto de al lado. Si le sacas del contexto que le tiene absorto la probabilidad de que pueda escuchar lo que le dices aumentará.

8. ¡Grita! pero grita sin ira…

Gritar no tiene por qué ser necesariamente malo. Lo malo suele ser la ira que acompaña al grito. Para sortear esa ira prueba este pequeño truco. Justo antes de que estés a punto de perder la paciencia, pega un grito gamberro. Grita a tus hijos que te hagan caso y lánzate a por ellos con una guerra de cosquillas, achuchones o pellizcos. Puede que la calma no llegue inmediatamente a tu hogar, pero descargarás la energía negativa y, cuando acabe la pelea, ellos estarán más dispuestos a obedecer. Así que si lo necesitas, ¡Girta!…pero grita para jugar.

Prueba estas estrategias.  Comienza con  la 1 y la 2 y vete combinándolas con las demás. Verás como te resulta mucho más fácil conseguir que tus hijos  te escuchen sin necesidad de gritar. Os ahorraréis muchos disgustos y vuestra relación  no se resentirá. 

lunes, 14 de marzo de 2016

Elogiar bien


Tres elogios que destruyen tu autoestima en la infancia

En todo libro de autoayuda se habla de lo importante que es el elogio en la infancia. Algo que sin duda aumenta nuestra autoestima y nos ayuda a ir formando nuestra personalidad. Los elogios son algo muy sencillo: elogiamos a nuestro hijo cuando aprueba un examen, cuando hace algo que está bien, cuando dibuja algo muy bonito.

Pero, decirle a los niños qué bien hacen ciertas cosas, manifestarles que los consideras casi una maravilla, ¿los hace verdaderamente seguro de sí mismos, felices y garantizan una buena autoestima?

“Uno puede defenderse de los ataques; contra el elogio se está indefenso”
-Sigmund Freud-

La cara oculta de los elogios

Sin duda, es bueno que alaben lo que haces. Una palabra positiva nos ayuda a continuar, a desarrollar más esa capacidad que tenemos de lograr algo o de hacerlo mejor. Por ejemplo, si apruebas un examen y te elogian, eso te animará a continuar seguir estudiando y sacar mejores notas. O te ayudarán a esforzarte por aprobar esa asignatura que no te cae muy bien.

Eso sí, ¿qué ocurre cuando los elogios se hacen repetitivos? ¿Qué ocurre cuando siempre esperamos un elogio y, sorprendentemente, no lo recibimos? Los elogios pueden hacer que escojamos el camino fácil, en vez de intentar superarnos a pesar de las dificultades que podamos encontrar para lograr lo que queramos.

Es más, los elogios pueden hacernos flaquear en aquello que no nos gusta. Es decir, puede que solo queramos conseguir un resultado positivo para lograr el elogio, pero ello no implica que la tarea nos guste. Es importante que los niños no piensen en una recompensa cada vez que hacen algo. El elogio podría tener su paralelismo en el recibimiento de un regalo cada vez que obtiene un resultado positivo.

Deben comprender la responsabilidad de hacer lo que hacen. Así como, deben ser consecuentes con los resultados que obtengan en relación al esfuerzo que le dediquen a ese trabajo que están realizando.



“Aquel que hace el bien desinteresadamente, sin interés al elogio y a la recompensa, al final de cuentas tendrá ambas cosas”
-William Penn-
Elogios que destruyen tu autoestima

Si nos centramos en los elogios que los niños pueden recibir desde su infancia, podemos encontrar 3 elogios fundamentales que creemos que fomentan la autoestima cuando, en realidad, fomentan todo lo contrario.

1. Elogias la capacidad, no el esfuerzo
Esto es un error muy grave que da lugar a muchos problemas. El trabajo duro es lo que va a contar, lo que va a influir realmente en el resultado. Aunque seas muy inteligente, si no pones esfuerzo, no lograrás nada.

¿Nunca has escuchado ese alumno que tiene capacidad para aprobar, pero no la aprovecha? La falta de esfuerzo es lo que luego vas a obtener. Siempre hay que elogiar el esfuerzo, porque si elogiamos la capacidad destruirás la autoestima.

2. Elogias de forma exagerada, sin especificar
Algunos elogios son muy exagerados. ¿Cuáles serían unos buenos ejemplos?: “eres un genio”, “eres un artista”, etcétera. Estos elogios pueden tener un efecto contraproducente en los niños y en vez de elevarles y fortalecer su autoestima, hacer todo lo contrario.

Aprende a realizar elogios más realistas como “me gusta…”, “qué bien te ha quedado…”, pero no aumentes de forma artificial la autoestima del niño, porque si le dices que es un genio ¡se lo va a creer! Y esto puede provocar que deje de esforzarse.

3. Añadir más presión, no es la solución
Cuando elogiamos, a veces metemos más presión de la que debiéramos. Si alguien piensa que somos un genio, podemos caer en la cuenta de que tenemos que siempre mantener ese estatus. El niño se verá sometido a una presión totalmente innecesaria.

Es importante que se esfuercen y se superen, pero presión no es lo mismo que motivación. Es importante que el niño se vea motivado y no presionado. ¿Estrés tan jóvenes? ¿Ansiedad?

“No debemos creer demasiado en los elogios. La crítica a veces es muy necesaria”
-Dalai Lama-

Aunque la palabra “elogio” sea algo positivo, como vemos puede ser muy negativa si no la utilizamos como debiéramos. Aprende a elogiar de la manera correcta y piensa que, a veces, no es necesario, al menos no en exceso.

Elogia, pero elogia el esfuerzo, la superación, ¡motiva! No premies lo fácil ni exageres. Es importante que las cosas cueste lograrlas, solo así sabremos el valor que realmente tienen.

jueves, 5 de febrero de 2015

5 razones para dejar de gritar a tus hijos y 10 claves para conseguirlo


La mayoría de los padres piensan que deberían dejar de gritar a sus hijos pero luego, sin darse ni cuenta, se sorprenden a sí mismos recurriendo una y otra vez al grito. Parece que nuestros hijos no obedecen hasta que, hartos de repetir la misma orden, se la gritamos. Es verdad que el grito llama su atención en un primer momento, pero a la larga dejará de tener efecto y entonces ¿qué haremos? ¿Gritar más fuerte, gritar más rato, vivir a gritos?

¿Es posible educar sin gritar?

Evidentemente sí. De hecho debería ser nuestra elección. Nuestros hijos han aprendido a no obedecer hasta que nos ven realmente enfadados y este es un mal hábito que han adquirido. Por lo tanto, es un hábito que debemos hacer desaparecer y generar uno más saludable. Gritar entrena a nuestros hijos a no escuchar hasta que se les levanta la voz. Cuanto más lo usamos, más los entrenamos y más nos costará que obedezcan sin necesidad de gritar.

Dejar de gritar no es fácil porque supone tener un gran autocontrol sobre nuestras emociones sobre todo de la ira y la rabia que nos genera ver la desobediencia diaria en nuestros hijos. Es un entrenamiento que lleva tiempo. Primero sabremos frenarnos al minuto de estar chillando, pero poco a poco, seremos capaces de frenar antes de empezar a gritar, es cuestión de proponérselo, es cuestión de añadirlo a la lista de objetivos del 2015.

5 razones para dejar de gritar a vuestros hijos

Gritar convierte a los niños en sordos
Cualquier explicación o aprendizaje que queramos darles con el grito será inútil, porque los oídos de nuestros hijos se cierran automáticamente después de oírlo. Después de una interacción negativa nadie está dispuesto a escuchar con verdadera atención y con ganas de aprender y mejorar, eso solo se consigue con interacciones positivas. Si queremos hacer mejores a nuestros hijos, no lo conseguiremos a gritos.

Gritar no ayuda a gestionar las emociones
Nosotros somos un ejemplo de comportamiento de nuestros hijos. Cuando perdemos el control y gritamos, lo que les enseñamos es a gestionar la ira y la rabia con agresividad. Conseguiremos unos adolescentes llenos de rabia que gritan y pierden el control delante de la explosión de emociones que se tiene en esa etapa evolutiva. Si nosotros ayudamos a nuestros hijos a gestionarlo de otra manera, con autocontrol, con calma, hablando abiertamente de las emociones en casa, ellos aprenderán a dar respuestas más adecuadas a la ira y a la rabia. Si oyes gritos aprendes a gritar.

Gritar asusta a nuestros hijos
Ellos sienten miedo al principio y después rabia e impotencia. ¿Es miedo lo que queremos que sientan nuestros hijos? Seguro que no, nuestra intención cuando gritamos es que obedezcan, que aprendan, que hagan lo correcto, que nos respeten, etc… pero no queremos provocarles miedo. Por lo tanto, con nuestra actitud no conseguimos el efecto que queremos: el respeto se gana respetando, la obediencia se gana con paciencia, los aprendizajes requieren un tiempo y un esfuerzo y que hagan lo correcto dependerá en gran medida de nuestro propio comportamiento.

Gritar los aleja
Cada vez que les gritamos, ponemos una piedra de un muro que nos separa. Perdemos autoridad positiva, perdemos respeto, perdemos comunicación, ganamos distancia, ganamos frialdad en las relaciones, ganamos más gritos y ganamos malestar emocional.

A más gritos, menos autoestima
Educar a gritos tiene un efecto nefasto sobre la autoestima de nuestros hijos. Lejos de sentir que estamos orgullosos de sus logros y sus esfuerzos, lo que sienten es que nunca están a la altura, hagan lo que hagan, siempre aparecen los gritos y borran cualquier sentimiento de haber hecho algo bien.

¿Cómo conseguimos dejar de gritar?

Adquirir un compromiso
Será como un pacto de familia donde nos comprometemos a dejar de gritar y a hablar con respeto. Diremos a nuestros hijos que estamos aprendiendo a hacerlo y que nos tendrán que ayudar, que es probable que cometamos errores pero que si tienen paciencia cada vez lo haremos mejor.

Nuestro trabajo como padres es controlar nuestras emociones

Con el manejo de nuestras emociones les enseñamos a controlar las suyas. Si somos un buen ejemplo, ellos serán mejores. Por lo tanto, debemos empezar a trabajar con nuestras emociones, lo que sentimos, lo que transmitimos y como lo controlamos. Es un entrenamiento que requiere tiempo y esfuerzo.

Recordar que los niños deben actuar como niños
Son cientos las veces que he oído decir a los padres en consulta:

-Es que tengo que repetirle mil veces que se vista. Cada mañana es la misma historia. Está claro que le gusta verme enfadado/a

-¿Cuántos años tiene su hijo/a?

-Cinco años. Yo creo que ya sabe lo que debe hacer pero solo piensa en jugar.

Ante esto, yo siempre digo lo mismo: lo que realmente me preocuparía es que usted se sentara en esa silla y me dijera que su hijo/a de cinco años se viste solo/a cada mañana sin necesidad de que usted le recuerde lo que debe hacer. Porque entonces seguro que habría algún problema. Los niños deben jugar, es lo que les toca a esa edad y nosotros somos los encargados de recordarles cada día sus obligaciones. Es nuestro trabajo de padres. Si nuestro jefe nos dijera que cada día tenemos que recordar al conserje que debe encender la luz, lo haríamos a diario, sin pensar si el conserje lo debería hacer por si solo o no. Pues con nuestros hijos es lo mismo, cada día debemos recordarles las mismas cosas hasta que adquieran el hábito y entonces tendremos que recordarles las siguientes. Es un trabajo que nunca acaba.

Dejar de reunir leña
Cuando tienes un mal día, cualquier chispa encenderá el fuego. Date un momento, haz algo que te haga sentir mejor y deja de reunir leña para el fuego. En algún momento tienes que parar.

Ofrecer empatía cuando tu hijo expresa cualquier emoción
Cualquier emoción, buena o mala, debe ser escuchada. Para mostrar empatía debemos hacer entender a nuestro hijo que entendemos cómo se siente. Así aprenderán a aceptar sus propios sentimientos que es el primer paso para aprender a manejarlos. Una vez que los niños pueden manejar sus emociones, podrán manejar también su comportamiento.

Trata con respeto a tu hijo
Cuando los niños son tratados con respeto sienten más ganas de portarse bien y de tratar con respeto a los demás. Simplemente debes entender que tu hijo merece tu respeto más que cualquier otra persona.

Cuando te enojas, STOP
Para, cierra la boca. No hagas nada ni tomes decisiones. Respira hondo. Si ya estás gritando para en medio de la frase. No sigas hasta que no estés tranquilo. Hablar, castigar o actuar cuando uno está enojado aumenta notablemente la probabilidad de tomar malas decisiones, de gritar en vez de hablar, de usar castigos exagerados y poco educativos y actuar de manera desproporcionada.  Le invitamos a leer nuestro post las 10 claves para usar bien el castigo.

Respira y date cuenta de tus sentimientos
Cuando te enfades con tu hijo/a y sientas ira y rabia, aléjate de la situación si es posible y respira. Lávate la cara y piensa en lo que hay debajo de esa ira que suele ser miedo, tristeza y decepción. Date un espacio para sentirlo y llora si así lo sientes, después verás como la ira desaparece.

Encuentra tu propia sabiduría
Analiza la situación de manera objetiva. Ahora que ya no sientes ira, será más fácil. Piensa en qué quieres conseguir y cuál es la mejor manera de hacerlo. Quieres que tu hijo te obedezca, ten paciencia y repite la norma las veces que haga falta, incluso ayúdale físicamente a hacerlo, cógele de la mano y guía sus pasos. Quieres que tu hijo te respete, enséñales con el ejemplo. Quieres educar bien a tu hijo, hazlo desde el reconocimiento y desde el afecto no desde los gritos y los castigos. Fija tus objetivos y fija también tus pasos. Los aprendizajes requieren tiempo y paciencia, tu hijo no lo puedo aprender todo a la primera, más bien es al contrario, no aprenderá nada a la primera.

Adopta medidas positivas, busca un lugar tranquilo
Todos hemos vivido esos momentos de tensión en casa, momentos que generan un gran malestar emocional y que cada movimiento no hace más que aumentar la tensión. Unos gritan, otros lloran, nadie hace lo que debe hacer y parece que nada puede parar esa ira. ¿Qué podemos hacer?

  • Pide a tu hijo un time-out: tiempo fuera. Uno en cada sitio hasta que se desvanezca la ira.
  • Pídele disculpas.
  • Ayuda a tu hijo a gestionar la rabia que siente, que se sienta comprendido, explícale que tú también te sientes así a veces.
  • Busca un lugar tranquilo donde esconderos, debajo de una gran sábana para dejar pasar de largo la ira y la rabia.
  • Lee un cuento tras otro, hasta que se desvanezca la rabia.
A veces, basta con dar un paso para ayudar a nuestro hijo a que se sienta mejor para que la ira desaparezca.

Ayudando a nuestros hijos a gestionar bien sus emociones, aprenderemos mucho de las nuestras y seguro que esto nos hará a todos mucho mejores.

jueves, 8 de enero de 2015

Mamá también llora

Carta abierta a padres y educadores.
Enseñar inteligencia emocional a los niños es prepararlos para la vida.


- Mamá, ¿Qué te pasa? ¿Estás llorando?

- No, cariño, es que se me ha metido una motita de polvo en el ojo…

Vivimos en un mundo en el que, ser los primeros, es lo más importante. Examinan a nuestros hijos continuamente y ellos sólo buscan el sobresaliente. Se les prepara para afrontar el éxito, para celebrar los triunfos. Se les repite hasta la saciedad: “No llores. Tienes que ser fuerte. ¡Eres el mejor!”

Hace unos días, me echaba las manos a la cabeza cuando una amiga me comentaba que en el colegio de su hijo hacían olimpiadas de matemáticas con cronómetro en mano y frente a un tribunal; olimpiadas de ciencias, olimpiadas de deletrear y todo ello con niños de apenas 7-8 años. ¿Pero estamos locos o qué?

Por supuesto, el único ganador era el primero…los 25 niños restantes de la clase se veían como perdedores.
  
¿Qué está pasando? Invertimos años en preparar a nuestros hijos para el éxito y no nos damos cuenta que la vida está llena fracasos, de decepciones, de pequeños y de grandes obstáculos, de momentos de tristeza, de duelo, de soledad. ¿Y eso es signo de debilidad de la especie humana? No; es la vida.

¿De verdad pensáis que los niños de hoy en día están preparados para afrontar dificultades? ¿Es casualidad que pediatras, psicólogos y psiquiatras infantiles cada vez tengamos más casos de depresión infantil y de ansiedad? ¿En qué cabeza cabe que un niño de 9 años se le diagnostique de Depresión o de Trastorno de Ansiedad Generalizada teniéndolo todo, supuestamente, a su alcance? Es evidente que algo no estamos haciendo bien.

Con perdón, me importa un pimiento que mi hijo sea el más rápido en cálculo mental. Lo que no consiento es que se venga abajo por ser el segundo, el tercero o incluso, porque no haya sido seleccionado entre los 10 primeros.

Lo que de verdad me importa, lo que me quita el sueño, en lo que invierto toda mi energía y esfuerzo, es en desarrollar su inteligencia emocional.

Lucho por que sea generoso, porque la empatía sea su  punto fuerte. Me desvivo porque muestre sus emociones, porque me hable de sus debilidades, porque él mismo, encuentre soluciones a sus problemas. Peleo a diario por hacer de ellos personas autosuficientes emocionalmente. No pasa nada por no ser el primero de clase si te has esforzado al máximo.

Premio el esfuerzo, la entrega, la generosidad, la lealtad, la lucha y la solidaridad. Esos son los valores vitales, los valores de vida.

¿Quién les prepara para el fracaso, para la decepción, para el desengaño? ¿Lo habéis pensado alguna vez?

La sociedad recibe con los brazos abiertos a los triunfadores, les prepara para los aplausos. Yo prefiero preparar a mis hijos para las dificultades; fortalecer su autoestima, su capacidad resolutiva, su positivismo, su espíritu de lucha. ¿Por qué valoramos tanto el éxito? Porque antes hemos pasado por un camino más o menos angosto de lucha ¿o no?

No somos máquinas. Nosotros, los padres, no lo somos, lo sabéis muy bien. No pretendas entonces que tu hijo lo sea.

No quiero que mis hijos piensen que su madre es una superwoman, siempre preparada, siempre lista para todo, siempre cantarina y perfecta. ¿Ese es el ejemplo que quiero que sigan? Y si con el paso de los años van encontrando dificultades a lo largo de sus vidas ¿Qué pensarán? “Yo no he sido capaz… Mamá se decepcionaría…No puedo mostrar debilidad. Mi madre siempre ha sido tan fuerte”

Bueno, hijos- les he dicho a mis niños en alguna ocasión- Mamá no es perfecta. Mamá también se equivoca y cuando lo hace, rectifica y pide perdón. Mamá, como todo el mundo, llora cuando está triste. Esto que ves, no es una motita de polvo en el ojo; son lágrimas, cariño”

Quiero que mis hijos vean que su madre es de carne y hueso. Que no se avergüenza por llorar o por estar un poquito triste en circunstancias puntuales, que no se esconde.

Quiero que lo vivan como algo natural… porque cuando a ellos les ocurra se acordarán de mí y lo asumirán como normal. Aceptarán su estado de ánimo y sacarán la fuerza necesaria para superar todo lo que obstaculice el camino hacia su felicidad.

Los hijos no necesitan súper-padres, ni dioses; les da igual que su papá sea médico, abogado, camarero o que esté en el paro. Los hijos quieren un padre y una madre que estén a su lado, que jueguen con ellos, que les expliquen las cosas, que les cuenten historias…que hablen su mismo lenguaje. No quieren que les colmemos de regalos materiales; es mucho más sencillo: sólo quieren tiempo junto a nosotros.

Los niños deben vernos como seres humanos, no como superhéroes, para eso ya tienen las películas. Si te equivocas con tu hijo, no pasa nada, pídele perdón:“Perdona cariño, me he equivocado. ¿Me perdonas? ¿Empezamos de nuevo?”

¿Sabes lo que supone para un hijo que sea el padre o la madre el que le diga eso? No hay mejor ejemplo.

No le des tantas órdenes a tu hijo, no le llenes de reglas. Empieza tú. Elogia su buena conducta con besos, con abrazos, con mucho, mucho cariño. No le premies con excesivos juguetes. Si se ha equivocado, dale la oportunidad de rectificar “Yo también me equivoco, cielo. Vamos a intentarlo de nuevo”.

Enseña a tus hijos a disfrutar de los placeres sencillos, en ellos está la verdadera felicidad. Suelo jugar a mis hijos a un juego que les divierte mucho en la mesa. “Qué suerte tengo..”- lo he llamado.

Empiezo yo: “Que suerte tengo que hoy no trabajo y estoy aquí con vosotros desayunando”.

Mi hijo: “Que suerte tengo que mamá hoy me viene a buscar al cole y no cogeré el autobús”.

Mi hija: “Que suerte tengo que me ha tocado la tostada más grande”… Siempre terminamos riéndonos a carcajadas.

Cuéntales historias. Historias reales, de tu trabajo, de tu día a día. Estimula su imaginación, su creatividad, su empatía… Emociónate con ellos. Comparte aquellos vídeos que veas por internet que te hayan llegado hondo. Explícaselos y responde a todas sus preguntas. ¡Te sorprenderás con lo que se les ocurre!

Anímales a que sean emprendedores. A que no tengan miedo a equivocarse, sino a no intentarlo. A rectificar si van por el camino equivocado. A levantarse ellos solos si se caen. A pedir perdón y a aceptarlo también. Contra la frustración: la perseverancia, la constancia.


Y recuerda que educar no es repetir siempre las mismas palabras; educar es enseñarles a soñar, a probar, a crear, a luchar y a creer en ellos mismos.

LUCÍA GALÁN

PIENSA ES GRATIS

jueves, 28 de febrero de 2013

¿Qué significa ser pobre?

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Un padre económicamente acomodado, queriendo que su hijo supiera lo que es ser pobre, lo llevó para que pasara un par de días en el monte con una familia campesina. Pasaron tres días y dos noches en su vivienda del campo.

En el automóvil, regresando a la ciudad, el padre preguntó a su hijo:

- ¿Qué te pareció la experiencia?..

- Buena - contestó el hijo con la mirada puesta a la distancia.

- Y... ¿qué aprendiste? - insistió el padre...

El hijo contestó:

1.- Que nosotros tenemos un perro y ellos tienen cuatro.

2.- Nosotros tenemos una piscina con agua estancada que llega a la mitad del jardín... y ellos tienen un río sin fin, de agua cristalina, donde hay pececitos.

3.- Que nosotros importamos linternas del Oriente para alumbrar nuestro jardín...mientras que ellos se alumbran con las estrellas, la luna y velas sobre la mesa.

4.- Nuestro patio llega hasta la cerca y el de ellos llega al horizonte.

5.- Que nosotros compramos nuestra comida...ellos, siembran y cosechan la de ellos.

6.- Nosotros oímos discos
... Ellos escuchan una perpetua sinfonía de golondrinas, pericos, ranas, sapos, chicharras y otros animalitos....todo esto a veces dominado por el sonoro canto de un vecino que trabaja su monte.

7.- Nosotros cocinamos en estufa eléctrica... Ellos, todo lo que comen tiene ese sabor del fogón de leña.

8.- Para protegernos nosotros vivimos rodeados por un muro, con alarmas.... Ellos viven con sus puertas abiertas, protegidos por la amistad de sus vecinos.

9.- Nosotros vivimos conectados al teléfono móvil, al ordenador, al televisor... Ellos, en cambio, están "conectados" a la vida, al cielo, al sol, al agua, al verde del monte, a los animales, a sus siembras, a su familia.

El padre quedó impactado por la profundidad de su hijo...y entonces el hijo terminó:

- ¡Gracias papá, por haberme enseñado lo pobres que somos!

Cada día somo más pobres de espíritu y de aprecio por la naturaleza que son las grandes obras del universo. Nos preocupamos por TENER, TENER, TENER y nos olvidamos del SER, SER, SER....


Eduquemos en la Red

lunes, 30 de enero de 2012

¿Cómo aprende un niño?

No hay camino para la paz, es el camino. Gandhi

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En el Día de la Paz, cuidemos del tesoro más valioso que tenemos en el mundo: los niños.

Recordemos que el futuro de la humanidad está en sus manos.
Ayudémosles a vivir en paz.
 


Si un niño vive criticado,
aprende a condenar.

Si un niño vive en un ambiente hostil,
aprende a pelear.

Si un niño vive ridiculizado,
aprende a ser tímido.

Si un niño vive avergonzado,
aprende a sentirse culpable.

Si un niño vive con tolerancia,
aprende a ser paciente.

Si un niño vive con aliento,
aprende a tener confianza.

Si un niño vive estimulado,
aprende a apreciar.

Si un niño vive con honradez,
aprende a ser justo.

Si un niño vive con seguridad,
aprende a tener Fe.

Si un niño vive con aprobación,
aprende a valorarse.

Si un niño vive con aceptación y amistad,
aprende a encontrar el Amor en el mundo.

sábado, 21 de enero de 2012

Cuando pensabas que no te veía... o cómo educar a los hijos mediante el ejemplo.


Playground+Crash

Cuando pensabas que no te veía, te vi pegar mi primer dibujo en  la nevera, e inmediatamente quise pintar otro.

Cuando pensabas que no te veía, te vi arreglar y disponer de todo en nuestra casa para que fuese agradable vivir, pendiente de detalles, y entendí que las pequeñas cosas son las especiales de la vida.

Cuando pensabas que no te veía, te escuché pedirle a Dios, y supe que existía un Dios al que le podría yo hablar, y en quien confiar.

Cuando pensabas que no te veía, te vi preocuparte por tus amigos sanos y enfermos y aprendí que todos debemos ayudarnos y cuidarnos unos a otros.

Cuando pensabas que no te veía, te vi dar tu tiempo y dinero para ayudar a personas que no tienen nada y aprendí que aquellos que tienen algo deben compartirlo con quienes no tienen.

Cuando pensabas que no te veía, te sentí darme un beso por la noche y me sentí amado y seguro.

Cuando pensabas que no te veía, te vi atender la casa y a todos los que vivimos en ella y aprendí a cuidar lo que se nos da.

Cuando pensabas que no te veía, vi cómo cumplías con tus responsabilidades aun cuando no te sentías bien, y aprendí que debo ser responsable cuando crezca.

Cuando pensabas que no te veía, vi lágrimas salir de tus ojos, y aprendí que algunas veces las cosas duelen, y que está bien llorar.

Cuando pensabas que no te veía, vi que te importaba y quise ser todo lo que puedo llegar a ser.

Cuando pensabas que no te veía, aprendí casi todas las lecciones de la vida que necesito saber para ser una persona buena y productiva cuando crezca.

Cuando pensabas que no te veía, te vi y quise decir: ¡Gracias por todas las cosas que vi cuando pensabas que no te veía!

"NO TE PREOCUPES PORQUE TUS HIJOS NO TE ESCUCHAN...TE OBSERVAN TODO EL DIA".

Atribuido a la Madre Teresa de Calcuta