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lunes, 4 de julio de 2016

El poder de lo pequeño



El éxito es el efecto acumulado de hábitos insignificantes que son los que marcan la diferencia
Los arrebatos no conducen a nada; la constancia es la que lleva a todas partes

Un avión parte de Moscú con destino a Madrid, pero sufre una avería inadvertida en su sistema de navegación que crea una mínima desviación del rumbo de menos de un grado. El avión acaba aterrizando en Mallorca. ¿Cómo se desvió tanto? Un grado es muy poco, sin embargo, ese pequeño desajuste durante cinco horas de vuelo crea una enorme diferencia en el resultado. Cuando hablamos de comportamientos humanos durante… ¡toda una vida!, las desviaciones son aún mayores. En realidad, lo que determina lo que conseguimos no son las grandes decisiones, sino las menores y los actos cotidianos. En este artículo trataremos sobre cómo las personas pueden alejarse de sus deseos y objetivos si no disponen de un plan de vuelo y un sistema de navegación perfectamente ajustados.

Dos hermanos comparten la misma familia, genética, posibilidades y educación, entorno…, y, sin embargo, con el paso de los años, sus vidas se hacen cada vez más diferentes. Básicamente hay tres factores que influyen en esa divergencia: sus elecciones, sus acciones y sus relaciones.

Lo cierto es que no podemos “no elegir”. No tomar una decisión es, en realidad, tomar una: demorarla. De modo que estamos decidiendo o dejando de hacerlo, cada día. Y lo que acaba ocurriendo es que la vida es el resumen de todas ellas, sean menores o mayores. Cualquier cosa que acaba entrando en nuestras vidas es la consecuencia de una cadena de actos y caminos que elegimos o no.

Las decisiones mayores son aquellas que se toman conscientemente y suelen requerir a veces ayuda de terceros en forma de consejo, pero siempre tiempo de reflexión. Las menores son las que se deciden casi sin pensarlo y acaban creando un efecto compuesto. De las dos, son las pequeñas elecciones las que se acumulan día tras día y marcan una gran diferencia.

Tomar decisiones sabias es más sencillo cuando se tienen claros cuáles son los valores prioritarios y adónde se va. Para no equivocarse conviene hacerse esta sencilla pregunta: ¿la dirección que voy a tomar concuerda con lo que me importa prioritariamente en la vida?

Para conseguir grandes resultados no es preciso llevar a cabo grandes acciones, sino pequeñas repetidamente a lo largo del tiempo. El éxito es el efecto acumulado de hábitos insignificantes. Y el truco está en insistir en un comportamiento positivo el tiempo suficiente como para que marque una distinción significativa a medio plazo. Es el poder de las pequeñeces acumuladas.

Ganar es el resultado de una suma de costumbres; perder, también. Es algo que saben muy bien los deportistas. Por ejemplo, Michael Phelps es un brillante modelo del poder multiplicativo del hábito. Sus rutinas de entrenamiento son muy estrictas, previsibles, sistemáticas. Es obvio que su anatomía estaba diseñada para ganar, pero su enorme éxito es fruto de su persistencia.

A menudo, para implementar una rutina, las personas recurren a la fuerza de voluntad. Es un error. Están luchando consigo mismas, y, a la larga, abandonarán, porque la lucha desgasta. ¿Cuál es la alternativa? La mo­­tivación. Establecer un hábito nuevo solo tiene futuro cuando concuerda con los valores principales de la persona. El poder de algo que nos estimula disuelve las luchas internas y proporciona combustible mental para pasar a la acción.

Sin tener en cuenta en cualquier elección esos valores básicos, las personas caen víctimas de sus contradicciones internas y dejan de perseguir sus deseos y sus sueños.

Por suerte, todo lo que se aprende en la vida puede reaprenderse. Los hábitos no son una excepción a esta regla y se pueden cambiar. El mejor modo de terminar con uno negativo es empezar uno nuevo y positivo que lo sustituya, y que esté propulsado por la fuerza imbatible de la motivación.

No hay una mejor estrategia para conseguir lo que se desea en la vida que crear hábitos positivos que conduzcan a lograrlo, y después, delegar el trabajo en el poder de la costumbre, seguir el flujo del tiempo, y dejar de esforzarse una vez puesto en marcha el impulso de la inercia.

Las personas que nos rodean: familia, amistades, compañeros de trabajo… crean una gran influencia en cada uno de nosotros. En psicología se conoce este efecto como la influencia del “grupo de referencia”. Es una información silenciosa, inconsciente y que se acumula con el paso del tiempo. Y se traduce en una imitación inconsciente de lo que el “grupo” dice, piensa, hace, siente, come, viste, se comporta…

Se podría decir que una persona es la suma de las influencias personales que ha recibido a lo largo de su vida, que, como es de imaginar, pueden ser positivas o negativas, y acabará pareciéndose mucho a la gente con la que tiene más trato. La pregunta que nos deberíamos formular es: ¿quién o quienes ejercen ese poder sobre mí?

LA PERSISTENCIA DEL 'PIT BULL'
¿Qué tienen en común los empresarios de éxito y las personas que consiguen realizar sus sueños? Simplemente, ¡no se rinden nunca! Han aprendido la disciplina de la persistencia. Esto es verdad tanto para la gente que consigue sus sueños profesionales como personales. Pero esta cualidad es muy rara en la población en general. Vivimos en una era de gratificación instantánea. ¡Los adultos quieren conseguir sus sueños inmediatamente! Y cuando no lo logran, sus sueños van bajando en la escala de valores, son demorados y, finalmente, abandonados”.

¿Es importante filtrar las influencias que recibimos? Por supuesto que sí, ignorar su efecto puede salir caro. Y si no, que se lo pregunten a cualquier padre o madre que vigila escrupulosamente con quién anda su hijo o hija. Tan importante es el efecto de las compañías en un adolescente como en un adulto. A fin de cuentas, como afirma el dicho: “Dime con quién andas y te diré quién eres” o “Dios los cría y ellos se juntan”.

Casi siempre que se toma una decisión, las personas empiezan con mucha energía y empeño, pero, a la larga, acaban abandonando. Ese exceso inicial es en realidad contraproducente porque semejante nivel de energía no se puede mantener por mucho tiempo. Querer hacerlo todo cuanto antes es provocar el abandono. Es mejor iniciar la tarea o el plan con menos fuerza, pero mantenerlo en el tiempo hasta conseguir el objetivo. El éxito es resultado de dosificar las fuerzas, de mantener el ritmo, de la regularidad. Es así como se ganan carreras y como los equipos consiguen torneos.

La disciplina es esa regularidad, constancia, cadencia o ritmo. No hace falta hacer mucho de golpe, pero sí algo cada día. Por ejemplo, al empezar una dieta es mejor aplicarse a unas normas razonables y no saltárselas ni un día, antes que matarse de hambre los tres primeros días. Los atletas saben muy bien que las medallas se consiguen dosificando el ritmo. Una vez más, es el poder de los pequeños pasos, que proporcionan resultados extraordinarios.

De nada sirve tener una arrancada de caballo y después una parada de burro. Eso significa ser víctima de un gran entusiasmo inicial, no dosificado, para pasar a abandonar y volver al estadio inicial al poco tiempo. Los arrebatos no conducen a nada; pero los planes sostenidos y la constancia conducen a todas partes.

Todas las personas tienen sueños, pero no todas los consiguen. ¿Es cuestión de mérito, genes, inteligencia o suerte? No, más bien se debe a trabajar para conseguirlos con método; es decir, mediante una rutina diaria. Repetir una acción cada día, semana o mes. Un acto que está implícito en la agenda y ni siquiera hay que apuntarlo, se da por hecho. Es como cepillarse los dientes, se hace automáticamente después de cada comida, sin que haga falta recordarlo.

Cuando se pone en marcha un objetivo, lo primero que conviene hacer es preguntarse qué rutinas conducirán a él. Seguramente, un buen coach preguntaría a su cliente: “¿Qué tres acciones sencillas te acercarían a tus grandes objetivos?”. Sí, pasos simples hacia resultados extraordinarios. Y si esa persona es sistemática, y se aplica a dar tres pasos diarios, su éxito está asegurado. No importa lo lejos que vaya, tres pasos al día, tarde o temprano, le llevarán a donde sea que se dirija.

RAIMÓN SANSÓ

lunes, 30 de mayo de 2016

Tiempo de exámenes: no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy.


El peligro de procrastinar antes de los exámenes finales

En época de exámenes o de entrega de trabajos finales, cualquier excusa es buena para posponer el momento de comenzar la tarea. Pensamientos como “si duermo la siesta, me sentiré con más ánimo para estudiar” o “lo haré más tarde” pueden paracer inofensivos pero no lo son. Los expertos alertan del peligro de convertirse en un procrastinador, un especialista en retrasar de forma recurrente el inicio de una actividad por miedo a fracasar. Esa falta de acción deriva en sentimientos de culpa y puede generar ansiedad en el estudiante. 

“Es una conducta frecuente que afecta a más del 50% de los universitarios”, asegura Marcela Paz González, profesora de la Facultad de Psicología de la UNED y autora del estudio ¿Puede amortiguar el Engagement los efectos nocivos de la procrastinación académica?, publicado en 2013. Los llamados postergadores son, en muchas ocasiones, perfeccionistas con aspiraciones demasiado ambiciosas. Esas expectativas hacen que comenzar una tarea les suponga un esfuerzo titánico. “Por miedo a fracasar evitan realizar trabajos en los que no hay garantía de éxito”, apunta González. Al no poder alcanzar las metas poco realistas que se imponen, sienten que no están a la altura y ven el mundo demasiado difícil y exigente.

“Para evitar esos sentimientos, retrasan el momento de ponerse a estudiar. El trabajo se les acumula entonces y se empiezan a sentir saturados y ansiosos”, detalla la experta. Los procastinadores piensan: “yo tendría que ser capaz de realizar toda esa tarea”. Y eso les genera pensamientos negativos sobre uno mismo del tipo “qué estúpido soy”. Se sienten incapaces de establecer prioridades. En lugar de buscar soluciones, suelen pasar su tiempo lamentándose. “La actitud de dejarlo todo para mañana acaba siendo un freno definitivo”, añade la psicóloga. Se trata de “trucos” inconscientes como salir a comprar algún producto de “extrema necesidad” o visitar a un familiar al que hace tiempo que no se ve.

"No es un fenómeno actual, tenemos constancia de que se da desde la Revolución Industrial, pero ahora va en aumento. Los jóvenes de hoy son de satisfacción inmediata porque no han aprendido a frustrarse, en parte porque los padres se lo han dado todo", explica González.

El bloguero estadounidense Tim Urban explica de manera cómica en una charla TED los mecanismos que se accionan en el cerebro de un procrastinador. Es la parte más animal la que busca la satisfacción inmediata y el entretenimiento constante y la que bloquea a nuestro yo responsable.

Para hacer frente a esta conducta y empezar a estudiar para los exámenes finales con el suficiente tiempo de antelación, un grupo de expertos propone seis técnicas:

1- Empieza ahora. Esperar a que llegue la inspiración es un error. “La inspiración inicial no siempre llega y si lo hace no se mantiene durante mucho tiempo. Resolver un problema requiere mantener el esfuerzo”, señala William J. Knaus en su libro End Precrastination Now! (en español, termina con la procrastinación ya). Según este autor, con más de 20 publicaciones sobre este tema, es mejor empezar la tarea sin estar inspirado, pues es más probable que llegue mientras se está trabajando que sin hacerlo. “Si no llega, el trabajo ya estará hecho y una cosa menos de la que preocuparse”.

2- Divide la tarea en trozos. “El objetivo es dividir el contenido en pequeños bloques y estudiarlos en espacios de 15 o 20 minutos para obtener la sensación de logro”, explica Marcela Paz González, de la UNED. El estudiante debe hacer un descanso de cinco minutos entre cada bloque. "Es imprescindible eliminar cualquier fuente de distracción (móvil, tele,...). Eso quiere decir no tenerlos al alcance. Distraen, desconcentran y son perfectos para procrastinar", señala Nuria Codina, profesora de Psicología Social de la Universidad de Barcelona.

 3- Elabora un calendario de estudio. Aplicaciones como Google Calendar, Sunrise Calendar, Awesome Calendar, o The Homework App son útiles para organizarse. En este punto, Anna Iñesta, directora del Centro de Innovación Educativa de ESADE, recomienda analizar todas las tareas pendientes y colocarlas en una barra temporal a modo de timeline. “Tener una visión panorámica de los diferentes exámenes o de los proyectos y las fechas de entrega ayuda a ver qué tareas hay que priorizar”. Según un estudio elaborado por José Vicente Pestana, profesor de Psicología Social de la Universidad de Barcelona, se ha demostrado que los alumnos que no se planifican bien obtienen malas calificaciones. “El alumno que estudia y trabaja, procrastina menos. La responsabilidad hace que la persona presente un mayor rendimiento académico”, asegura.

 4- Identifica tu biorritmo. “Hay personas a las que les cuesta mucho arrancar por la mañana y tienen más energía por la tarde”, señala Iñesta. El biorritmo se puede modificar con la rutina, cambiando el horario. “Si madrugas más y en esas primeras horas realizas tareas más complejas, tu cuerpo responderá”. La profesora de la Universidad de Oakland Barbara Oakley, recomienda no recurrir a la presión de dejarlo todo para última hora de la tarde o noche para ser más productivo. “Cuando duermes, crecen nuevas conexiones entre las neuronas, pero solo un grupo reducido. Por eso es importante asimilar nuevos conceptos poco a poco cada día”. Las estructuras neuronales, sostiene, son similares a las musculares. “ ¿Quién podría pensar que los levantadores de pesas preparan sus músculos para una competición en una sola noche? Saturarse la noche antes del examen significa que se va a construir una estructura neuronal muy débil”, indica la coatura del curso Aprendiendo a Aprender de la plataforma Coursera.

5- Intenta engancharte a la tarea. “Se trata de conversar con el texto, hacerle preguntas y desechar los párrafos tontos, detectar el relleno”, señala González. “Muchos alumnos creen que todo es igualmente importante y tienen que aprender a detectar dónde está la información relevante”, añade. Para ello recomienda crear mapas conceptuales con herramientas como Cmap Tools. “Al elaborar estos esquemas, el estudiante realiza un esfuerzo importante para distinguir lo esencial de lo superfluo y procesa mejor la información. Estos mapas son como un árbol que entrelaza conceptos clave sobre una temática; aportan una visión global”, indica Anna Iñesta, de ESADE.

6- Habla con tu mejor parte. Normalmente la frustración es la que ocupa gran parte del diálogo interior. “La primera gran frustración marca una herida y abre un pozo de oscuridad al que van cayendo todas las experiencias negativas. Eso provoca que aparezca el miedo a un futuro fracaso”, señala González. El estudiante debe cambiar el discurso que tiene de sí mismo para ganar confianza. “Se dice que no es capaz y tiene que sustituir ese discurso por el de momentos de éxito en los que sí logró un buen resultado académico”. Tiene que ver, sostiene González, con experiencias reales del alumno que debe recordar.

EL PAÍS

miércoles, 10 de febrero de 2016

10 técnicas para relativizar los problemas


Este post no es para olvidarnos de los problemas que todos tenemos. Al contrario. Pretende que te des cuenta de cuán grande es tu problema. Por eso voy a hablarte de cómo relativizar los problemas que tienes en tu día a día para que sepas si son importantes, urgentes o banales.

La palabra relativizar no significa dejar de darle importancia o querer ignorar la realidad. Etimológicamente, relativizar significa “poner en relación con otra cosa”, y eso es lo que quiero transmitirte hoy.

Porque una cosa tiene que quedar clara: un mismo suceso puede ser altamente importante para una persona pero puede no significar tanto para otra. Y es que cada uno tenemos un sistema de valoración que hace que nuestras vivencias sean o no importantes para nosotros.

El problema viene cuando le damos una importancia exagerada a todos nuestros problemas y hacemos una montaña de un grano de arena. Pero, ¿cómo lo hacemos?

Esto es lo que quiero trabajar hoy. Me gustaría aportar técnicas que te ayuden a relativizar los problemas y te sirvan para tomar mejores decisiones a partir de ahora.

Empezaré desde las más light (las técnicas más suaves para relativizar problemas) y acabaré por las más hardcore (las técnicas que te pondrán entre la espada y la pared y te ayudarán sí o sí a tomar perspectiva de la situación).

10 técnicas para relativizar los problemas

#1 Problemas del primer mundo

Estos problemas del primer mundo pueden ser quedarse sin batería en el móvil, haberse olvidado tender la lavadora o pasarse de salida en la autovía.

Cuando alguna de esas cosas te pase, date cuenta que no todo el mundo puede tener esos problemas porque hay millones de personas en el mundo que no tienen qué comer ese día.

¿La batería del móvil? Eso puede esperar.

Date cuenta de cuándo tus problemas no son tanto problemas sino “problemas del primer mundo”. Y cambia tu discurso.

#2 Qué le dirías a un amigo que tenga el mismo problema

Es la mejor pregunta que puedes usar para relativizar y darte cuenta si estás o no exagerando tu problema. Normalmente las cosas que nos pasan a nosotros son muy urgentes, tienen una importancia capital y no pueden posponerse por nada del mundo.

Parece que el universo girara en torno a nosotros y los problemas vinieran una y otra vez. En cambio, si esos mismos problemas le pasan a tu amigo o amiga, todo se soluciona con una simple recomendación.

Pues bien, a aplicártelo desde ya.

#3 ¿Forma parte de una de las 10 cosas que te llevarías a una isla desierta?

Muchas veces nos ponemos frenéticos porque no encontramos TAL camiseta o porque no está nuestro té favorito en la cafetería a la que hemos ido.

¿En serio es tan importante?

Si eso que te preocupa forma parte de los 10 objetos o cosas que te llevarías a una isla desierta, entonces sí te doy permiso para alterarte. Si no, déjalo estar y disfruta del momento. Ha estado bien relativizar, ¿no?

#4 Respira

Déjame contarte una metáfora.

“Había un joven que deseaba tener éxito y tener mucho dinero, fue con un gurú y le dijo:- ¡Quiero estar en el mismo nivel que tú!

Y el gurú le dijo:

– Si quieres estar al mismo nivel que yo ¡Te espero mañana en la playa!

El joven llego a la playa a las 4 am, listo para trabajar, con su ropa deportiva, con sus pantalones cortos. El gurú le agarro de la mano y le pregunto:

– ¿Cuánto deseas tener éxito?

El joven respondió:

– ¡Más que nada en el mundo!

Y el gurú lo llevo al agua. Cuando estaban en el agua, lo llevo a lo más profundo, y el joven pensó:

– ¡Esto es una locura!

Entonces el joven le dijo:

– ¡Hey! yo lo que quiero es dinero, ¡no quiero aprender a nadar! ¡no quiero ser socorrista!. Yo lo que quiero es dinero y éxito.

El gurú le respondió:

– Nada más adentro, más profundo.

Y el joven volvió a pensar que el gurú estaba loco, que sabe como hacer dinero, pero esta loco.

Y le dijo:

– Ven más profundo, ¡nada más adentro! Pensé que querías tener éxito.

– ¡Si quiero!

– Entonces ven más profundo.

Cuando se acerco, le cogió de la nuca, metió su cabeza en el agua y la mantuvo ahí adentro. Lo mantuvo con la cabeza en el agua hasta que el joven estaba a punto de ahogarse, apunto de desmayarse, y entonces le dejo que sacara la cabeza.

Y el gurú le dijo:

– Tengo una pregunta ¿En qué estabas pensando cuando tenías la cabeza en el agua?

– ¡Sólo pensaba en respirar!

– Cuando tu quieras tener éxito con la misma fuerza que deseabas respirar, entonces ¡tendrás éxito!”

Date cuenta que respirar es más importante que cualquier otra cosa. Te lo dice una asmática.

#5 Disóciate. Imagina que estás viendo una película.

Piensa en tu situación ahora mismo como si formaras parte de una película y tu problema fuera un punto dentro del film. Ahora imagina que tú estás viendo esa película, con un personaje (que eres tú) viviendo ese problema. Como espectador, ¿consideras que la reacción de ese personaje es la adecuada? ¿Está proporcionada a la magnitud del problema?

Si viendo desde fuera tu problema, pierde sentido, es que no lo tiene. Pero si incluso habiéndote disociado, ese problema sigue quitándote el sueño, entonces pasa a las siguientes técnicas.

#6 Cuando enfermas. ¿Seguiría afectándote?

No hay nada peor que estar enfermo. El otro día lo comentaba en esta entrevista que cuando nos sentimos enfermos (febriles o con las defensas por los suelos) todos los problemas pierden importancia. Todas las “chorradas” se quedan en chorradas y sólo vemos lo que es realmente importante: la salud.

Muchas veces nos ahogamos en un vaso de agua con nuestras preocupaciones cotidianas. En ese momento, imagina que estuvieras con 40 de fiebre en la cama. ¿Te seguiría importando ese problema? Si la respuesta es negativa, no le des más tiempo a esa preocupación.

#7 Compara con otras experiencias que hayas vivido

En nuestra vida hemos pasado por muchas circunstancias, aprendizajes, situaciones, que nos han hecho ser como somos hoy en día. Si miramos hacia atrás seguro que hemos superado más obstáculos y quizá mucho más grandes que este que tenemos entre manos, pero como queda en la lejanía ni nos damos cuenta.

Pues bien, este punto es para que relativices tus problemas actuales con obstáculos pasados en tu vida. ¿Tu respuesta actual es comparable a algo que hayas vivido? ¿Has superado momentos oscuros mucho más duros? Si lo has hecho, ármate de valor y afronta lo que tengas entre manos. No podrá contigo.

Cuidado, que comparar no siempre es lo ideal, pero en este caso sí que es adecuado.

#8 Toma conciencia del Universo

Esta técnica me encanta y la utilizo muchísimo. Me apasiona la astronomía y darnos cuenta que la especie humana lleva poquísimo sobre la Tierra, que antes de nosotros han estado muchísimas más especies, o que hubo muchísimo tiempo antes de que se formara la Tierra o el sistema solar… ¿no te hace parecer pequeño?

Y ya no te digo que nuestro paso por aquí es como si fuera un suspiro para el universo. Existe un calendario cósmico “simbólico” que va del 1 de Enero al 31 de Diciembre, en el que el 1 de Enero sucede el Big Bang. Para que te hagas una idea, el planeta Tierra como tal no se forma hasta el 14 de Septiembre.

Los primeros hombres aparecerían el mismo 31 de Diciembre a las 22h…. Y para que te hagas una idea, el 31 de diciembre a las 23h 59 minutos y 59 segundos vendría a ser cuando fue el descubrimiento de América.

Imagina lo que queda hasta que tú nazcas.

Este calendario  hace que te des cuenta de la fugacidad de la vida y que estamos aquí para ser felices. ¿Por qué preocuparnos y darle más importancia a algo que no la merece?

#9 ¿Qué es lo peor que te podría pasar?

En el caso de que haya algo que te angustie y te preocupe mucho en tu día a día, intenta pensar qué es lo peor que podría pasarte. Por ejemplo, imagina que te fueran a despedir del trabajo. Es muy posible que tras la angustia inicial, empieces a pensar en posibles soluciones (puede aprovechar para volver a estudiar algo que te guste más y encontrar un empleo que se adapte mejor a tu modo de ser, emprender, crear algo nuevo, etc).

Esta manera de relativizar los problemas sirve para darte cuenta que los miedos de “lo que podría pasar” no son tan grandes como habíamos imaginado.

Y si en esta pregunta, tu respuesta es “podría morir”, pasa al siguiente punto.

#10 Si fueras a morir hoy…

Si la anterior técnica no te ha servido para darte cuenta de lo que desaprovechas tu vida preocupándote por problemas que no tienen importancia, a ver si con ésta técnica te convences.

Si fueras a morir hoy… ¿a qué dedicarías tus últimas horas? Supongo que ese problema que tienes entre manos es lo menos en lo que piensas. Pero toma conciencia que has tenido que ponerte al borde de la muerte para darte cuenta de lo estúpido que es preocuparte por ese problema.

Aprende a relativizar los problemas y no llegues a este punto.

Ana Vico
Psicóloga y coach experta en emociones.

BE FULLNESS

lunes, 8 de diciembre de 2014

¿Cómo librarse de un mal hábito?


Volvemos a traer al blog a Elsa Punset con unos consejos sencillos para librarse un mal hábito.

El cerebro tarda dos meses en librarse de un mal hábito