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lunes, 23 de mayo de 2016

Las 5 cosas que más estresan al hombre de nuestro tiempo



Vivimos en la era de la actividad, de las prisas, de la falta de tiempo. Todos padecemos las consecuencias del estrés, reflejadas tanto en la mente como en el cuerpo a través de múltiples patologías. La solución no parte únicamente de erradicar esa ansiedad a base de medicamentos, sino de aprender a gestionar el estrés y el efecto nocivo que produce en nuestro organismo y en nuestra psique.

El estrés bloquea la zona del cerebro que se encarga de la resolución del problemas. Se produce una distorsión entre lo que sucede y la interpretación que hacemos de la realidad. Es el frenador por antonomasia del optimismo y tiene un efecto devastador en las personas a nivel social: el estrés conduce a una pérdida total de empatía. La ansiedad es un miedo irracional a algo real o ficticio. Posee dos patas: la proyección de que en el futuro algo no va a ir bien y la incapacidad para resolver un  problema en el momento actual.

El cerebro de las mujeres es más sensible al estrés. Según un estudio publicado el pasado año en la revista Molecular Psychiatry, las hombres adaptan mejor sus neuronas para resistir los efectos del estrés. La hormona encargada de activar la señal de alarma (CRF:  factor de liberación de corticotropina), sensibiliza de manera más intensa las neuronas en la mujer que en el hombre.

¿Qué 5 elementos estresan al hombre y a la mujer del siglo XXI?

1- La obsesión por aprovechar el tiempo

Decía Gregorio Marañón “La rapidez, que es una virtud, engendra un vicio, que es la prisa”.  Hoy en día vivimos expuestos a un convencimiento que resulta muy perjudicial para la sociedad: que la prisa y la aceleración producen mayores y mejores resultados. Si alguien comenta “no tengo tiempo…tengo prisa… estoy muy liado“, lo asimilamos como normal y correcto. En cambio cuando alguien señala que le sobra tiempo, uno se sorprende y juzga negativamente a la persona que tiene enfrente.

El ser humano únicamente posee una vida, y desaprovecharla genera sentimientos de angustia. Aparece la culpa cuando uno observa que el tiempo no es rentable o no ha sido bien exprimido. Existe una obsesión constante de colmar el tiempo de actividades productivas. Dejamos a un lado las placenteras y las que nos gustan, “por si hay tiempo” olvidando que el estado anímico se verá resentido.

No olvidemos que si dejamos fuera todo aquello que nos gusta, con el tiempo uno deja de ser capaz de disfrutar de las cosas agradables que aportan felicidad.

2- Estar conectados, la tecnología

Hace unos años, uno iba en el metro o en el autobús y leía, escuchaba música o simplemente miraba y observaba. Mantenía su mente en blanco o en ensoñaciones. Hoy en día parece que ese tiempo no existe, lo hemos sustituido: desde contestar correos del trabajo, mirar actualizaciones en las redes sociales, leer las ultimas noticias en los medios, ver vídeos o publicaciones… Es una obsesión, una obsesión terrible y peligrosa para la mente y para el ser humano.

Existen estudios que alertan sobre la exposición de los jóvenes a la tecnología y a la pantalla. Expertos del grupo de investigación Neuroplasticidad y Aprendizaje de de la Universidad de Granada advierten sobre como la sobreestimulación temprana puede, no solo originar desórdenes en el ámbito de manejo del estrés, sino también influir en el proceso de atención y aprendizaje. En uno de sus estudios concluyeron, “el entrenamiento en tareas demasiado complejas, antes de que el sistema esté preparado para llevarlas a cabo, puede producir deficiencias permanentes en la capacidad de aprendizaje a lo largo de la vida”.

La vida es un camino donde hay que luchar por sacar la mejor versión de uno mismo. La felicidad consiste en hacer una pequeña obra de arte con nuestra vida. Para esa obra de arte, hace falta tiempo, silencio, espacio, atención, tranquilidad, sosiego y paz. Todos esos ingredientes están diluyéndose, desapareciendo a pasos agigantados de las vidas de las personas. El primer paso consiste en parar. Esto significa pausa mental, relajación y meditación. Así nos adentramos en el control de la mente y en el encuentro con la paz. La técnica de origen budista, mindfulness, tan estudiada hoy en día, ofrece resultados científicos impactantes en el cerebro.

3- Perder el control

Para el ser humano es más importante tener la razón que vivir. Cuesta aceptar que uno está equivocado. La mente manda. La mente ordena. La mente controla. Seguimos las directrices de la razón, respondemos a las cuestiones, únicamente desde lo cognitivo. En los últimos años la razón se ha convertido en un tirano y nos hemos olvidado que existe algo más grande, algo único, que es capaz de romper barreras, de alcanzar acuerdos o de lograr la paz; y eso es el corazón.

El deseo de controlarlo todo genera una gran angustia. Hay que fiarse de la vida, de las buenas intenciones y de los grandes corazones. Las viejas seguridades se han derrumbado; lo que antes daba paz ahora genera inquietud.

Cuando el estrés te invada o temas perder el control, tu cabeza se agote o tu cuerpo no te responda, pon el corazón, él hará el resto. Cuando pones el corazón en algo pequeño, pasa a ser algo grande y maravilloso.  

4. El ego

El ser humano teme dos muertes: la muerte al final de la vida y la muerte como desaparición de la propia identidad. Esta última, ese miedo a cambiar, es el origen de muchos problemas. Las personas no quieren transformarse. Tienen pánico a reinventarse debido a que su individualismo se ha convertido en su zona de confort y les aporta una “relativa paz”, tóxica y hostil. La humildad es la base de todo cambio,  y por ello se precisa dejar de lado al ego que nos instiga, que nos bloquea, para llegar al interior, redescubrir nuestros talentos y volver a nacer, sin miedo al cambio. Donde hay humildad, hay sabiduría, dice un texto clásico.

5. Ser perfectos

Decía Victor Pauchet, “El trabajo más productivo es el que sale de las manos de un hombre contento“. El perfeccionista es el eterno insatisfecho. Nada está nunca a la altura de lo deseado. No puede vivir en paz. Vive en la constante duda de todo, porque quiere llegar a un gran nivel, a veces irreal. Educamos a los hijos para que sean perfectos y vivimos intentando mostrar una imagen de perfección global en nuestro entorno. Ser perfeccionista es una labor agotadora porque uno se compara con el resto, y cuando uno compara, coteja superficies y no profundidades.

Hay que aceptar que somos seres humanos y cometemos errores. Como bien expresa el psicólogo israelí de la Universidad de Harvard, Tal Ben Shahar: “La felicidad consiste en aceptar el derecho al error y la imperfección para llegar a la plenitud“.

Estamos en la era de la hiperactividad cerebral. Saltamos y volamos de un tema a otro con velocidad pasmosa. Hoy en día resulta más beneficioso saber frenar y desacelerar, que mantener el motor activado de la mente sin freno. Existen estudios que apoyan cada vez más la serenidad para crear y resolver los problemas. Caminar ligero puede resultar más beneficioso para la salud que llevar al corazón en todas las actividades (físicas y psicológicas) al máximo de sus posibilidades. 

Como decía Wayne Dyer, “No hay estrés en el mundo, solo gente creando pensamientos estresantes y luego actuando sobre ellos”.

Marian Rojas-Estapé

lunes, 7 de marzo de 2016

¿Ya nadie quiere hablar?


Sherry Turkle quiere abrir un debate sobre el arte de conversar. Esta psicóloga estadounidense del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), una de las grandes analistas de la digitalización de nuestras vidas, quiere saber por qué cada vez nos comunicamos más a través de dispositivos móviles en lugar de hacerlo cara a cara, por qué elegimos enviar mensajes de texto y llamamos menos, y por qué chateamos con un amigo mientras estamos sentados en la mesa con nuestros nuestros hijos a la hora de la cena.

¿Está en crisis el arte de conversar? La pregunta inspiró la investigación que dio lugar al libro Reclaiming Conversation, el último trabajo de Turkle, que lleva tres décadas estudiando cómo nos adaptamos a los avances de la tecnología y su influencia en nuestras relaciones. La autora representa hoy al sector más moderado y realista de un contexto en el que estamos más acostumbrados a oír a los extremos. Turkle no cree que la tecnología sea el problema, sino cómo la utilizamos, y propone que hagamos un uso “deliberado” de nuestros dispositivos.

La experta habla del padre que acompaña a su hija de siete años a una excursión del colegio y se da cuenta de que ha pasado una hora actualizando con fotos su perfil de Facebook, pero no ha hablado ni una sola vez con la niña. Del joven que admite que mira el teléfono por si tiene mensajes de sus amigos, pero que en ausencia de actualizaciones, entra en Twitter, Instagram o Facebook, “lugares familiares” para él. “En ese momento el teléfono es mi amigo”, explica. O de la universitaria que reconoce que, al saber que ha fallecido el familiar de una amiga, le enviará un correo electrónico, pero no le llamará por teléfono “porque le interrumpiría”.

Los adultos estadounidenses consultan de media su teléfono cada seis minutos y medio. “¿Por qué pasamos tanto tiempo mandando mensajes y aún así nos sentimos tan desconectados de los demás?”, pregunta Turkle. La respuesta, según ella, está tanto en la falta de conversaciones cara a cara como en la cantidad de veces que las abandonamos para mirar un teléfono. “Se nos ha olvidado que hay una nueva generación que ha crecido sin saber lo que es una conversación ininterrumpida”, asegura.

En su anterior libro, Alone Together, Turkle hizo su primer diagnóstico del efecto de la comunicación digital en las relaciones personales. Las entrevistas que realizó entonces revelaban un mundo en el que los jóvenes están frustrados por la falta de control sobre las conversaciones que mantienen. No saben si sus interlocutores les van a escuchar o hacia dónde puede derivar la charla. Se sienten incapaces de anticipar su respuesta. En Reclaiming Conversation, Turkle defiende que la sociedad debe aprovechar ese sentimiento de engaño para volver a la palabra hablada, que define como una “cura” ante la digitalización de las interacciones sociales.

“Prefiero enviar un mensaje de texto”
“La tecnología está aquí para quedarse, con todas las maravillas que aporta, pero es el momento de considerar cómo afecta a otras cosas que apreciamos”, dice. Uno de los riesgos, según Turkle, es que podemos perder una cualidad esencial en las relaciones humanas: la empatía. “Cada vez que consultas tu teléfono en presencia de otras personas, estimulas tus neuronas, pero también te pierdes lo que tu amigo, tu profesor, tu pareja o tu familiar te acaba de decir”.


La experta asegura que la conversación, el lugar donde escuchamos y conocemos al otro, es el espacio que representa más riesgos. “Nos escondemos unos de otros porque es más fácil componer y editar un mensaje” digital que “la conversación espontánea donde podemos estar presentes y ser vulnerables”. Algunos de sus entrevistados reconocen que prefieren “enviar un mensaje” antes que tener una conversación “incómoda” con otra persona “en la que no pueden controlar lo que van a decir”.

Frente a la visión escéptica de Turkle, el debate sobre las bondades, supuestas o no, del mundo online ha inspirado grandes defensas por parte de otros dos expertos estadounidenses. El profesor neoyorquino Jeff Jarvis describe la Red como una “gran oportunidad para aumentar la transparencia”. Jarvis creó su primer blog el mismo día que cayeron las Torres Gemelas en los atentados del 11 de Septiembre de 2001. Desde entonces defiende que la comunicación a través de internet no lleva a la soledad, sino que está alimentando una cultura de compartir sin precedentes y de “fabricar relaciones”. Y estas relaciones son, según su colega Clay Shirky, el verdadero potencial de Internet. Sus ideas, desarrolladas en obras como Excedente Cognitivo o Here Comes Everybody, estas herramientas permiten dar rienda suelta a nuestras ansiedades humanas ancestrales de compartir, de relacionarse, de cooperar, de ser creativos.

Turkle abarca en su investigación todo tipo de conversaciones, con nosotros mismos, con nuestra familia y amigos, con nuestra pareja, nuestros profesores o nuestros compañeros de trabajo y con el resto de la sociedad. Turkle alerta de que “nos está silenciando la tecnología” y que los teléfonos, ordenadores y tabletas nos han ayudado a alejarnos del cara a cara. “Incluso un teléfono en silencio inhibe la conversación”. El atractivo de la interacción digital es la promesa de que cumple tres de nuestros deseos: “Que siempre se nos va a escuchar, que podemos prestar atención donde y cuando queramos, y que nunca tendremos que estar solos”.

La autora reconoce que gran parte de la dependencia de los dispositivos móviles se debe al fenómeno conocido como ‘FOMO’ -Fear of missing out- el miedo a perdernos lo que ocurre mientras estamos desconectados. Pero alerta de que, llevado al extremo, condena a los usuarios hacer constantemente varias cosas a la vez: consultar el teléfono durante la cena con la familia, responder emails durante una reunión, borrar mensajes en un semáforo. “Cuando pensamos que hacemos multitasking, en realidad nuestro cerebro se mueve rápidamente de una tarea a otra y nuestra efectividad decae con cada cosa que añadimos”, escribe.

La profesora de MIT apunta a las relaciones con los niños como el mayor peligro de la tecnología y recuerda casi con nostalgia cuando le decía a su hija “usa tus propias palabras” en una conversación o “mírame mientras te hablo”. “Los menores aprenden que hagan lo que hagan, no logran acaparar la atención de los adultos que están conectados. Vemos a niños a los que les falta conversar, pero también padres que les miren a la cara”, escribe Turkle. En los menores está también la primera promesa de esperanza. “La manera más realista de romper este círculo es que los padres asuman su responsabilidad como mentores (...) No les pidamos que dejen el teléfono, tenemos que dar ejemplo nosotros”.

Todos podemos impulsar este regreso a la conversación, dice Turkle, a través de pequeños pasos, como hacer las cosas más despacio, crear lugares “sagrados” -en casa, la escuela o la oficina- donde no entren los dispositivos móviles, o convocar reuniones solo para conversar. “En vez de contestar emails mientras empujas el carro de tu hija, habla con ella; en vez de poner una tableta en la hamaca de tu bebé, léele un libro”.

EL PAÍS

lunes, 21 de diciembre de 2015

¿Cómo reacciona la gente cuando le dicen que es hermosa?


Shea Glover, una estudiante de 18 años de Chicago, ha realizado un estudio para averiguar cómo se sienten las personas al decirles que son hermosas. Colocaba a la gente delante de la cámara y les decía: “Estoy fotografiando cosas que considero hermosas.”

Las respuestas son emocionantes. “Hice un proyecto independiente que evidentemente se convirtió en un experimento social sobre la belleza”, comenta Glover. “Mi intención no era recibir alguna reacción de nadie. Simplemente estaba filmando belleza y este es el resultado.”

Es imposible no sonreír viendo el vídeo.

Los rostros de la gente se abren como flores con una sola frase.

También sorprenden aquellos que se resisten a creerlo, impidiéndose así a sí mismos descubrir su propia hermosura como han hecho los demás.









CULTURA INQUIETA

viernes, 11 de diciembre de 2015

El mal invisible: luchando contra el estigma del suicidio.

Interesante documental de El Español dedicado al suicidio.

Hablan víctimas, familiares y expertos.

El Teléfono de la Esperanza ha colaborado muy activamente en su elaboración.

Como se dice varias veces en el documental, es fundamental romper el silencio, hablar de ello, acabar con el secretismo que hay a su alrededor en la sociedad.

Un tanto por ciento muy elevado de los suicidas piden ayuda de una manera o de otra.

La ciencia moderna aún no ha producido un tratamiento tranquilizador tan eficaz como unas palabras bondadosas.
Sigmund Freud

Para ver el vídeo, pinchar sobre la foto.




lunes, 19 de enero de 2015

Nunca estás vestido del todo sin una sonrisa


¿Qué ocurre si sales un martes por la mañana en medio de la ciudad de Nueva York con el objetivo de hacer sonreír a la gente?

Un mensaje muy positivo de esta canción de Sia para la banda sonora de Annie:

Tu ropa puede ser Chanel, Gucci,
tus zapatos, de cocodrilo,
pero tú nunca estás completamente vestido sin una sonrisa



LETRA EN INGLÉS

Hey, America
Let's turn it up
Yeah check out ourselves
'Cause you know you're never fully dressed without a smile

Your clothes may be Chanel, Gucci
Your shoes crocodile
But baby you're never fully dressed without a smile

But if you stand for nothing you'll fall for it all
We got all we need, got no more
You're never fully dressed without a smile
And if you stand for somethin' you can have it all
'Cause if is real your love will never die
You're never fully dressed without a smile (oh oh oh oh oh, oh oh)
You're never fully dressed without a smile (oh oh oh oh oh, oh oh)
You're never fully dressed without a smile

Ready or not
Give all we've got
Yeah you can't deny
That baby you're never fully dressed without a smile
Don't sink the boat when you lose hope
I keep you alive
But baby you're never fully dressed without...

But if you stand for nothing you'll fall for it all
We got all we need, got no more
You're never fully dressed without a smile
And if you stand for somethin' you can have it all
'Cause if is real your love will never die
You're never fully dressed without a smile (oh oh oh oh oh, oh oh)
You're never fully dressed without a smile (oh oh oh oh oh, oh oh)
You're never fully dressed without a smile

Now look at us
We pick it up
We set it on fire
'Cause you know you're never fully dressed without a smile
We show it out
We're playing now
We're living the life
But baby you're never fully dressed without a...

But if you stand for nothing you'll fall for it all
We got all we need, got no more
You're never fully dressed without a smile
And if you stand for somethin' you can have it all
'Cause if is real your love will never die
You're never fully dressed without a smile (oh oh oh oh oh, oh oh)
You're never fully dressed without a smile (oh oh oh oh oh, oh oh)
You're never fully dressed without a smile (oh oh oh oh oh, oh oh)
You're never fully dressed without a smile



(TRADUCCIÓN LIBRE)

Hey, América
Hay que ponerse en marcha.
Sí, pasaos revista
porque sabéis que nunca estáis realmente vestidos sin una sonrisa.

Tus ropas puede que sean Chanel, Gucci
Tus zapatos, de cocodrilo,
pero, chico, nunca estás realmente vestido sin una sonrisa.

Pero si peleas por todo, caerás por todo ello.
Tenemos todo lo que necesitamos, no pidas más.
Tú nunca estás realmente vestido sin una sonrisa.
Y si deseas algo que no puedes tener,
si es verdadero, tu amor nunca morirá.
Tú nunca estás realmente vestido sin una sonrisa.

Estés preparado o no,
da todo lo que has conseguido.
Sí, no lo puedes negar,
eso, chico, tú nunca estas realmente vestido sin una sonrisa.
No hundas el bote cuando pierdas la esperanza,
yo te mantengo con vida,
pero, chico, tú nunca estás realmente vestido sin...

Pero si peleas por todo, caerás por todo ello.
Tenemos todo lo que necesitamos, no pidas más.
Tú nunca estás realmente vestido sin una sonrisa.
Y si deseas algo que no puedes tener,
si es verdadero, tu amor nunca morirá.
Tú nunca estás realmente vestido sin una sonrisa.

Ahora, míranos,
lo hemos conseguido,
hemos prendido la mecha,
porque tú sabes que nunca estás realmente vestido sin una sonrisa
Lo hemos enseñado al mundo,
estamos jugando ahora,
estamos viviendo la vida,
pero, chico, tú nunca estás realmente vestido sin una...

Pero si peleas por todo, caerás por todo ello.
Tenemos todo lo que necesitamos, no pidas más.
Tú nunca estás realmente vestido sin una sonrisa.
Y si deseas algo que no puedes tener,
si es verdadero, tu amor nunca morirá.
Tú nunca estás realmente vestido sin una sonrisa.

jueves, 8 de enero de 2015

Mamá también llora

Carta abierta a padres y educadores.
Enseñar inteligencia emocional a los niños es prepararlos para la vida.


- Mamá, ¿Qué te pasa? ¿Estás llorando?

- No, cariño, es que se me ha metido una motita de polvo en el ojo…

Vivimos en un mundo en el que, ser los primeros, es lo más importante. Examinan a nuestros hijos continuamente y ellos sólo buscan el sobresaliente. Se les prepara para afrontar el éxito, para celebrar los triunfos. Se les repite hasta la saciedad: “No llores. Tienes que ser fuerte. ¡Eres el mejor!”

Hace unos días, me echaba las manos a la cabeza cuando una amiga me comentaba que en el colegio de su hijo hacían olimpiadas de matemáticas con cronómetro en mano y frente a un tribunal; olimpiadas de ciencias, olimpiadas de deletrear y todo ello con niños de apenas 7-8 años. ¿Pero estamos locos o qué?

Por supuesto, el único ganador era el primero…los 25 niños restantes de la clase se veían como perdedores.
  
¿Qué está pasando? Invertimos años en preparar a nuestros hijos para el éxito y no nos damos cuenta que la vida está llena fracasos, de decepciones, de pequeños y de grandes obstáculos, de momentos de tristeza, de duelo, de soledad. ¿Y eso es signo de debilidad de la especie humana? No; es la vida.

¿De verdad pensáis que los niños de hoy en día están preparados para afrontar dificultades? ¿Es casualidad que pediatras, psicólogos y psiquiatras infantiles cada vez tengamos más casos de depresión infantil y de ansiedad? ¿En qué cabeza cabe que un niño de 9 años se le diagnostique de Depresión o de Trastorno de Ansiedad Generalizada teniéndolo todo, supuestamente, a su alcance? Es evidente que algo no estamos haciendo bien.

Con perdón, me importa un pimiento que mi hijo sea el más rápido en cálculo mental. Lo que no consiento es que se venga abajo por ser el segundo, el tercero o incluso, porque no haya sido seleccionado entre los 10 primeros.

Lo que de verdad me importa, lo que me quita el sueño, en lo que invierto toda mi energía y esfuerzo, es en desarrollar su inteligencia emocional.

Lucho por que sea generoso, porque la empatía sea su  punto fuerte. Me desvivo porque muestre sus emociones, porque me hable de sus debilidades, porque él mismo, encuentre soluciones a sus problemas. Peleo a diario por hacer de ellos personas autosuficientes emocionalmente. No pasa nada por no ser el primero de clase si te has esforzado al máximo.

Premio el esfuerzo, la entrega, la generosidad, la lealtad, la lucha y la solidaridad. Esos son los valores vitales, los valores de vida.

¿Quién les prepara para el fracaso, para la decepción, para el desengaño? ¿Lo habéis pensado alguna vez?

La sociedad recibe con los brazos abiertos a los triunfadores, les prepara para los aplausos. Yo prefiero preparar a mis hijos para las dificultades; fortalecer su autoestima, su capacidad resolutiva, su positivismo, su espíritu de lucha. ¿Por qué valoramos tanto el éxito? Porque antes hemos pasado por un camino más o menos angosto de lucha ¿o no?

No somos máquinas. Nosotros, los padres, no lo somos, lo sabéis muy bien. No pretendas entonces que tu hijo lo sea.

No quiero que mis hijos piensen que su madre es una superwoman, siempre preparada, siempre lista para todo, siempre cantarina y perfecta. ¿Ese es el ejemplo que quiero que sigan? Y si con el paso de los años van encontrando dificultades a lo largo de sus vidas ¿Qué pensarán? “Yo no he sido capaz… Mamá se decepcionaría…No puedo mostrar debilidad. Mi madre siempre ha sido tan fuerte”

Bueno, hijos- les he dicho a mis niños en alguna ocasión- Mamá no es perfecta. Mamá también se equivoca y cuando lo hace, rectifica y pide perdón. Mamá, como todo el mundo, llora cuando está triste. Esto que ves, no es una motita de polvo en el ojo; son lágrimas, cariño”

Quiero que mis hijos vean que su madre es de carne y hueso. Que no se avergüenza por llorar o por estar un poquito triste en circunstancias puntuales, que no se esconde.

Quiero que lo vivan como algo natural… porque cuando a ellos les ocurra se acordarán de mí y lo asumirán como normal. Aceptarán su estado de ánimo y sacarán la fuerza necesaria para superar todo lo que obstaculice el camino hacia su felicidad.

Los hijos no necesitan súper-padres, ni dioses; les da igual que su papá sea médico, abogado, camarero o que esté en el paro. Los hijos quieren un padre y una madre que estén a su lado, que jueguen con ellos, que les expliquen las cosas, que les cuenten historias…que hablen su mismo lenguaje. No quieren que les colmemos de regalos materiales; es mucho más sencillo: sólo quieren tiempo junto a nosotros.

Los niños deben vernos como seres humanos, no como superhéroes, para eso ya tienen las películas. Si te equivocas con tu hijo, no pasa nada, pídele perdón:“Perdona cariño, me he equivocado. ¿Me perdonas? ¿Empezamos de nuevo?”

¿Sabes lo que supone para un hijo que sea el padre o la madre el que le diga eso? No hay mejor ejemplo.

No le des tantas órdenes a tu hijo, no le llenes de reglas. Empieza tú. Elogia su buena conducta con besos, con abrazos, con mucho, mucho cariño. No le premies con excesivos juguetes. Si se ha equivocado, dale la oportunidad de rectificar “Yo también me equivoco, cielo. Vamos a intentarlo de nuevo”.

Enseña a tus hijos a disfrutar de los placeres sencillos, en ellos está la verdadera felicidad. Suelo jugar a mis hijos a un juego que les divierte mucho en la mesa. “Qué suerte tengo..”- lo he llamado.

Empiezo yo: “Que suerte tengo que hoy no trabajo y estoy aquí con vosotros desayunando”.

Mi hijo: “Que suerte tengo que mamá hoy me viene a buscar al cole y no cogeré el autobús”.

Mi hija: “Que suerte tengo que me ha tocado la tostada más grande”… Siempre terminamos riéndonos a carcajadas.

Cuéntales historias. Historias reales, de tu trabajo, de tu día a día. Estimula su imaginación, su creatividad, su empatía… Emociónate con ellos. Comparte aquellos vídeos que veas por internet que te hayan llegado hondo. Explícaselos y responde a todas sus preguntas. ¡Te sorprenderás con lo que se les ocurre!

Anímales a que sean emprendedores. A que no tengan miedo a equivocarse, sino a no intentarlo. A rectificar si van por el camino equivocado. A levantarse ellos solos si se caen. A pedir perdón y a aceptarlo también. Contra la frustración: la perseverancia, la constancia.


Y recuerda que educar no es repetir siempre las mismas palabras; educar es enseñarles a soñar, a probar, a crear, a luchar y a creer en ellos mismos.

LUCÍA GALÁN

PIENSA ES GRATIS

lunes, 17 de noviembre de 2014

¿Cómo conocer a gente nueva?


Siempre es agradable escuchar a Elsa Punset hablando de la magia de la inteligencia emocional.
En este vídeo nos da cuatro consejos para acercarnos a desconocidos:


viernes, 24 de octubre de 2014

Maravillosa Mafalda


Mafalda, la niña que despertó al mundo

Hay pocos personajes tan universales como Mafalda. Sus pensamientos son deseos utópicos que todos comprendemos porque los hemos tenido en nuestra mente alguna vez aunque no sea con sus palabras.

Hace poco, esta niña creada por el argentino Quino, ha cumplido cincuenta años y sigue conservando el mismo poder de hacernos sonreír y sonrojar a la vez. Habla desde el corazón de una niña, desde alguien al que le han presentado un mundo del que no es partícipe y del que desea comprender muchas cosas antes de seguir creciendo.

A continuación, os dejamos algunas de sus mejores frases:

    "No es cierto que todo tiempo pasado fue mejor. Lo que pasaba era que los que estaban peor todavía no se habían dado cuenta". Mafalda de alguna manera nos recuerda que el pasado fue el tiempo en el que se construyó nuestro presente y si este es malo, probablemente nuestro pasado no fue tan bueno. Un buen pasado es la mejor forma de construir un buen futuro, es bueno que lo tengamos en cuenta para el presente.

    "Como siempre: lo urgente no deja tiempo para lo Importante". ¿Quién no se ha pasado todo el día corriendo detrás de un reloj por cosas banales?

    "Comienza el día con una sonrisa y verás lo divertido que es ir por ahí desentonando con todo el mundo". Mafalda está completamente convencida de que estamos rodeados de más tristeza de la que es justificable. Una bonita manera de llevarle la contraria al mundo ¿No creéis?

    "Admitir que se está equivocado es el harakiri del orgullo". Muchas veces mantenemos posturas que no se sostienen simplemente por el hecho de no tener que reconocer un error ante alguien. Tenemos miedo a mostrarnos como seres erráticos cuando en realidad no lo somos.

    "La vida no debería despojarlo a uno de la niñez sin antes darle un buen puesto en la juventud". Disfruta de la etapa de la vida en la que estás y da un paso adelante solamente cuando estés preparado. Crecer no es recorrer distancia sino disfrutar tus pasos.

    "A medio mundo le gustan los perros; y hasta el día de hoy nadie sabe que quiere decir guau" ¿Por qué debemos disfrutar de las cosas solamente desde el entendimiento? No olvidemos que tenemos el extraordinario poder de darle significado a las cosas.

    "Hoy entré al mundo por la puerta trasera." Mafalda también tiene días malos, como los tenemos todos!

     "En éste mundo cada quién tiene su pequeña o gran preocupación." Las preocupaciones son personales y su grado no depende exclusivamente de la valoración que hagas los demás del propio objeto de la preocupación.

     ”Paren el mundo que me quiero bajar.” La frase que todos podemos acomodar a nuestra vida, sobre todo en momento de gran indignación. Una vez más, pensamientos y sentimientos plasmados en unas pocas palabras a través de una dulce niña de los que todos queremos aprender.

martes, 30 de septiembre de 2014

¿Estamos tan enfermos como para consumir tantos ansiolíticos?


“Convertimos problemas cotidianos en trastornos mentales”

Allen Frances (Nueva York, 1942) dirigió durante años el Manual Diagnóstico y Estadístico (DSM), en el que se definen y describen las diferentes patologías mentales. Este manual, considerado la biblia de los psiquiatras, es revisado periódicamente para adaptarlo a los avances del conocimiento científico. El doctor Frances dirigió el equipo que redactó el DSM IV, a la que siguió una quinta revisión que amplió considerablemente el número de entidades patológicas. En su libro ¿Somos todos enfermos mentales? (Ariel, 2014) hace autocrítica y cuestiona que el considerado como principal referente académico de la psiquiatría colabore en la creciente medicalización de la vida.

Pregunta. En el libro entona un mea culpa, pero aún es más duro con el trabajo de sus colegas en el DSM V. ¿Por qué?

Respuesta. Nosotros fuimos muy conservadores y solo introdujimos dos de los 94 nuevos trastornos mentales que se habían sugerido. Al acabar, nos felicitamos, convencidos de que habíamos hecho un buen trabajo. Pero el DSM IV resultó ser un dique demasiado endeble para frenar el empuje agresivo y diabólicamente astuto de las empresas farmacéuticas para introducir nuevas entidades patológicas. No supimos anticiparnos al poder de las farmacéuticas para hacer creer a médicos, padres y pacientes que el trastorno psiquiátrico es algo muy común y de fácil solución. El resultado ha sido una inflación diagnóstica que produce mucho daño, especialmente en psiquiatría infantil. Ahora, la ampliación de síndromes y patologías en el DSM V va a convertir la actual inflación diagnóstica en hiperinflación.

P. ¿Todos vamos a ser considerados enfermos mentales?

R. Algo así. Hace seis años coincidí con amigos y colegas que habían participado en la última revisión y les vi tan entusiasmados que no pude por menos que recurrir a la ironía: habéis ampliado tanto la lista de patologías, les dije, que yo mismo me reconozco en muchos de esos trastornos. Con frecuencia me olvido de las cosas, de modo que seguramente tengo una predemencia; de cuando en cuando como mucho, así que probablemente tengo el síndrome del comedor compulsivo, y puesto que al morir mi mujer, la tristeza me duró más de una semana y aún me duele, debo haber caído en una depresión. Es absurdo. Hemos creado un sistema diagnóstico que convierte problemas cotidianos y normales de la vida en trastornos mentales.

P. Con la colaboración de la industria farmacéutica... 

R. Por supuesto. Gracias a que se les permitió hacer publicidad de sus productos, las farmacéuticas están engañando al público haciendo creer que los problemas se resuelven con píldoras. Pero no es así. Los fármacos son necesarios y muy útiles en trastornos mentales severos y persistentes, que provocan una gran discapacidad. Pero no ayudan en los problemas cotidianos, más bien al contrario: el exceso de medicación causa más daños que beneficios. No existe el tratamiento mágico contra el malestar.

P. ¿Qué propone para frenar esta tendencia?

R. Controlar mejor a la industria y educar de nuevo a los médicos y a la sociedad, que acepta de forma muy acrítica las facilidades que se le ofrecen para medicarse, lo que está provocando además la aparición de un mercado clandestino de fármacos psiquiátricos muy peligroso. En mi país, el 30% de los estudiantes universitarios y el 10% de los de secundaria compran fármacos en el mercado ilegal. Hay un tipo de narcóticos que crean mucha adicción y pueden dar lugar a casos de sobredosis y muerte. En estos momentos hay ya más muertes por abuso de medicamentos que por consumo de drogas.

P. En 2009, un estudio realizado en Holanda encontró que el 34% de los niños de entre 5 y 15 años eran tratados de hiperactividad y déficit de atención. ¿Es creíble que uno de cada tres niños sea hiperactivo?

R. Claro que no. La incidencia real está en torno al 2%-3% de la población infantil y sin embargo, en EE UU están diagnosticados como tal el 11% de los niños y en el caso de los adolescentes varones, el 20%, y la mitad son tratados con fármacos. Otro dato sorprendente: entre los niños en tratamiento, hay más de 10.000 que tienen ¡menos de tres años! Eso es algo salvaje, despiadado. Los mejores expertos, aquellos que honestamente han ayudado a definir la patología, están horrorizados. Se ha perdido el control.

P. ¿Y hay tanto síndrome de Asperger como indican las estadísticas sobre tratamientos psiquiátricos?

R. Ese fue uno de los dos nuevos trastornos que incorporamos en el DSM IV y al poco tiempo el diagnóstico de autismo se triplicó. Lo mismo ocurrió con la hiperactividad. Nosotros calculamos que con los nuevos criterios, los diagnósticos aumentarían en un 15%, pero se produjo un cambio brusco a partir de 1997, cuando las farmacéuticas lanzaron al mercado fármacos nuevos y muy caros y además pudieron hacer publicidad. El diagnóstico se multiplicó por 40.

P. La influencia de las farmacéuticas es evidente, pero un psiquiatra difícilmente prescribirá psicoestimulantes a un niño sin unos padres angustiados que corren a su consulta porque el profesor les ha dicho que el niño no progresa adecuadamente, y temen que pierda oportunidades de competir en la vida. ¿Hasta qué punto influyen estos factores culturales?

R. Sobre esto he de decir tres cosas. Primero, no hay evidencia a largo plazo de que la medicación contribuya a mejorar los resultados escolares. A corto plazo, puede calmar al niño, incluso ayudar a que se centre mejor en sus tareas. Pero a largo plazo no ha demostrado esos beneficios. Segundo: estamos haciendo un experimento a gran escala con estos niños, porque no sabemos qué efectos adversos pueden tener con el tiempo esos fármacos. Igual que no se nos ocurre recetar testosterona a un niño para que rinda más en el fútbol, tampoco tiene sentido tratar de mejorar el rendimiento escolar con fármacos. Tercero: tenemos que aceptar que hay diferencias entre los niños y que no todos caben en un molde de normalidad que cada vez hacemos más estrecho. Es muy importante que los padres protejan a sus hijos, pero del exceso de medicación.

P. ¿En la medicalización de la vida, no influye también la cultura hedonista que busca el bienestar a cualquier precio?

R. Los seres humanos somos criaturas muy resilientes. Hemos sobrevivido millones de años gracias a esta capacidad para afrontar la adversidad y sobreponernos a ella. Ahora mismo, en Irak o en Siria, la vida puede ser un infierno. Y sin embargo, la gente lucha por sobrevivir. Si vivimos inmersos en una cultura que echa mano de las pastillas ante cualquier problema, se reducirá nuestra capacidad de afrontar el estrés y también la seguridad en nosotros mismos. Si este comportamiento se generaliza, la sociedad entera se debilitará frente a la adversidad. Además, cuando tratamos un proceso banal como si fuera una enfermedad, disminuimos la dignidad de quienes verdaderamente la sufren.

P. Y ser etiquetado como alguien que sufre un trastorno mental, ¿no tiene también consecuencias?

R. Muchas, y de hecho cada semana recibo correos de padres cuyos hijos han sido diagnosticados de un trastorno mental y están desesperados por el perjuicio que les causa la etiqueta. Es muy fácil hacer un diagnóstico erróneo, pero muy difícil revertir los daños que ello conlleva. Tanto en lo social como por los efectos adversos que puede tener el tratamiento. Afortunadamente, está creciendo una corriente crítica con estas prácticas. El próximo paso es concienciar a la gente de que demasiada medicina es mala para la salud.

P. No va a ser fácil…

R. Cierto, pero el cambio cultural es posible. Tenemos un magnífico ejemplo: hace 25 años, en EE UU el 65% de la población fumaba. Ahora, lo hace menos del 20%. Es uno de los mayores avances en salud de la historia reciente, y se ha conseguido por un cambio cultural. Las tabacaleras gastaban enormes sumas de dinero en desinformar. Lo mismo que ocurre ahora con ciertos medicamentos psiquiátricos. Costó mucho hacer prosperar la evidencia científica sobre el tabaco, pero cuando se consiguió, el cambio fue muy rápido.

P. En los últimos años las autoridades sanitarias han tomado medidas para reducir la presión de los laboratorios sobre los médicos. Pero ahora se han dado cuenta de que pueden influir sobre el médico generando demanda en el paciente.

R. Hay estudios que demuestran que cuando un paciente pide un medicamento, hay 20 veces más posibilidades de que se lo prescriban que si se deja simplemente a decisión del médico. En Australia, algunos laboratorios requerían para el puesto de visitador médico a personas muy agraciadas, porque habían comprobado que los guapos entraban con más facilidad en las consultas. Hasta ese punto hemos llegado. Ahora hemos de trabajar para lograr un cambio de actitud en la gente.

P. ¿En qué sentido?

R. Que en vez de ir al médico en busca de la píldora mágica para cualquier cosa, tengamos una actitud más precavida. Que lo normal sea que el paciente interrogue al médico cada vez que le receta algo. Preguntar por qué se lo prescribe, qué beneficios aporta, qué efectos adversos tendrá, si hay otras alternativas. Si el paciente muestra una actitud resistente, es más probable que los fármacos que le receten estén justificados.

P. Y también tendrán que cambiar hábitos.


R. Sí, y déjeme decirle un problema que he observado. ¡Tienen que cambiar los hábitos de sueño! Sufren ustedes una falta grave de sueño y eso provoca ansiedad e irritabilidad. Cenar a las 10 de la noche e ir a dormir a las 12 o la una tenía sentido cuando hacían la siesta. El cerebro elimina toxinas por la noche. La gente que duerme poco tiene problemas, tanto físicos como psíquicos.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Decir o ser mentira

Todo es mentira

Hay dos formas de mentir: la de no decir la verdad en cosas concretas y la de convertirse uno en mentira. La primera reviste mil formas que van de decir a papá que me han puesto un diez en matemáticas a engañar al cónyuge pasando por mentirijillas de andar por casa. Pero la que está realmente de actualidad es la segunda.

Ésta se ha convertido en una droga, cuyo mayor peligro es que nos la tragamos sin darnos cuenta. Grandes ideas, tesis comúnmente aceptadas, “hombres y mujeres mentira” se pasean por nuestra vida con apariencia de grandes verdades. Nos están engañando por los cuatro costados: que el capital es el sentido del mundo; que la juventud, el estar en forma y la belleza física son el valor supremo; que el poder y la fama son los objetivos más valiosos de un ser humano; que el amor es igual a placer sexual; que la libertad se reduce a hacer lo que nos da la gana; que los viejos, los disminuidos, los inmigrantes, los pobres, los países en vías de desarrollo no merecen sitio en nuestra “sociedad del bienestar”.

A estas ideas se unen los personajes idolatrados por el ciudadano actual: gente guapa, adinerada, famosa y que sale en los medios, aunque en el fondo no valgan un pimiento. De tal manera que un político se mide por la imagen que da en la tele; un escritor por la cantidad de ejemplares que vende o los premios que recibe; un empresario, por sus millones; y un país por su escala en la “prima de riesgo”.

Las consecuencias de esta mentira colectiva son graves: vale todo, incluida la corrupción, con tal de conseguir dinero. Despedir a los trabajadores y condenar a familias enteras al paro o el desahucio está justificado, si el banco o la empresa siguen obteniendo beneficios. Vale manipular las noticias u ocultarlas, si vendo más ejemplares o si el medio de comunicación sirve mejor los intereses de la empresa editora, que a su vez es tributaria de los poderes políticos y económicos. Nada digamos de una publicidad carente de honestidad que falsea conscientemente el valor de los productos o de unas campañas electorales que mienten sin ningún sonrojo sobre programas que nunca se cumplirán.

Todo ello nos encierra en una peligrosa burbuja de mentira y lo que es peor acaba por contagiarnos de esa fraudulenta axiología. Se ha dicho que la democracia es el sistema de convivencia menos malo en cuanto que permite el contraste de pareceres, la libertad de prensa y la oposición política. Pero ¿qué pasa cuando apenas hay donde agarrarse, donde ni unos ni otros parecen aportarnos credibilidad alguna?

La primera medida para salir de esa burbuja es despertar, tomar conciencia de esa realidad. La segunda, buscar la propia verdad e intentar quitarnos nuestras caretas para unificarnos con lo que realmente somos. La tercera, denunciar tanta mentira institucional e intentar desde la vida pública y privada levantar el nivel de autenticidad de nuestro mundo.

Se argüirá que todos mentimos en alguna medida y que a veces, para evitar mayores males, la llamada “mentira piadosa” puede llegar a ser hasta necesaria. Aunque eso sea también discutible, no es a esa mentira, como hemos dicho, a la que nos referimos aquí, sino a “ser” mentira, a contribuir a la mentira global que falsea nuestra cosmovisión, y que nos está perjudicando en nuestra realización como personas y como sociedad.

Recuerdo una frase de Bacon: “No es la mentira que pasa por la mente, sino la que entra y arraiga en ella la que hace mal”. Esa puede crecer como una bola de nieve hasta ser universalmente aceptada como verdad. Esto no es raro en un país que creó la picaresca, admira a los ladrones de guante blanco y en el fondo perdona a sus ídolos del partido político, del fútbol, la canción, la belleza o el toreo, hagan lo que hagan. Y es que limpiar este mundo injusto e insolidario requiere valentía para salir de tal corriente y arrancarse la careta y volver a ser uno mismo.

PEDRO MIGUEL LAMET

Periodista, escritor y director de la revista "AVIVIR" del Teléfono de la Esperanza

jueves, 5 de junio de 2014

Comprar por comprar

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Se diría que el viejo Séneca acaba de salir de uno de nuestros grandes almacenes el día que dijo: “Compra solamente lo necesario, no lo conveniente. Lo innecesario, aunque cueste sólo un céntimo, es caro”. Y es que todos de algún modo somos víctimas de un consumo compulsivo.

Aparte de fenómeno de huida, evasión, escape de la soledad o de adquirir imagen, lo que solemos ignorar es que este comportamiento oculta un peligro mucho más serio. Porque olvidamos que la idea dominante, consciente o inconsciente, que hay detrás de este fenómeno del consumo desbocado, que caracteriza a nuestra sociedad, es siempre la misma: tener es igual a poder. O “tanto tienes, tanto eres”. La gente no se fija en la profundidad de tu mirada, el valor de tus palabras, en tu capacidad de ternura y comprensión. Te mira la apariencia, el traje, el modelo de coche y hasta la marca del móvil. Por la misma razón, por ejemplo, se nos produce un rechazo ya por la vestimenta, el color de la piel o el estatus económico. Esto explica el que nos apartemos casi instintivamente del roce de un inmigrante o un mendigo, sin apenas haber conversado con ellos.

Fromm denunció en sus excelentes libros que, para dominar a otros seres humanos, necesitamos usar el poder con el fin de doblegar su resistencia. Y que para mantener el dominio sobre la propiedad privada necesitamos ejercer dicho poder para protegerla de los que quisieran quitárnosla, porque ellos, como nosotros, nunca tienen bastante; el deseo de tener propiedades privadas produce el deseo de usar la violencia para robar a otros de manera abierta u oculta. En esta peligrosa órbita del “tener”, nuestra felicidad depende de nuestra superioridad sobre los demás, de nuestro poder y, en último término, de nuestra capacidad para conquistar, robar y matar. De aquí que tal ansia acabe por engendrar violencia.

Por el contrario, desde la mentalidad de los que se preocupan por “ser”, la dicha depende de amar, compartir y dar. Es gratis, y hoy día lo gratuito no está de moda.

¿Por qué compramos de forma compulsiva? ¿Qué nos lleva a pasar tanto tiempo en esos santuarios laicos que son los grandes almacenes? ¿Se trata de una conducta patológica o de una auténtica necesidad? ¿Qué mueve a los jóvenes a vivir subyugados por las marcas en vez de la bondad del producto? ¿Qué esperanza tenemos de curación de esta especie de enfermedad colectiva?

Por una parte, el problema nos plantea un círculo vicioso: nuestra sociedad, basada en la economía neoliberal, necesita del comercio para subsistir y nos envuelve en la burbuja de la publicidad hasta atraparnos y crearnos falsas necesidades. Por ejemplo, nos comen los coches, pero reducir la producción del automóvil dispara el paro y la inflación. Por otra parte, este esquema nos está destruyendo como sociedad, contaminado el planeta y lo que es peor olvidando una sana ecología espiritual, que partiría de una educación en valores más que en la carrera por el dinero a la que lanzamos sin pudor a nuestros hijos.


El resultado es que la gente, embotados sus sentidos, se pierde lo mejor de la vida. O como decía nuestro gran pensador y ensayista José Ortega y Gasset: “Algunas personas enfocan su vida de modo que viven con entremeses y guarniciones. El plato principal nunca lo conocen”. Sólo cierto ayuno permite despertar de este engaño colectivo, la locura del tener frente a la alegría del ser, que nos hace personas.

PEDRO MIGUEL LAMET

Periodista, escritor y director de la revista "AVIVIR" del Teléfono de la Esperanza

jueves, 27 de febrero de 2014

viernes, 6 de diciembre de 2013

Hasta siempre, Mandela


Las 4 reglas de Mandela que todos deberíamos seguir

Nelson Mandela (1918-2013) ha sido uno de los grandes defensores de los derechos humanos. Un icono social y político del s.XX, un gran ejemplo.
 
Os dejamos con cuatro reglas de Mandela que todos deberíamos seguir:
Regla 1: Rompe las reglas cuando no estés de acuerdo con ellas
El hecho de ser negro y que sus iguales hubiesen sido discriminados durante siglos no detuvo a Mandela de creer que podía vivir una vida diferente. Con el tiempo demostró que tenía razón. Esta es una lección para todos, siempre hay una manera de alcanzar nuestros objetivos, independientemente de cuál sea nuestro pasado e incluso nuestra realidad.
Regla 2: No permitas que tus antecedentes, tu propia historia, te impidan alcanzar tus metas
Mandela vivió y luchó por los derechos de las personas de raza negra, y en contra de los racistas. Sin embargo no trató de tomar ninguna venganza una vez que llegó al poder. Todo lo contrario, demostró benevolencia y compasión hacia los que le habían hecho sufrir durante décadas a él y a su pueblo. Sabía que esa actitud era necesaria para alcanzar la verdadera
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Regla 3: Cuida siempre de los que amas y de todos los demás
Incluso durante sus peores momentos en la cárcel, Mandela siempre se mantuvo erguido incluso cuando sentía que se derrumbaba. Su voluntad de alcanzar su objetivo era inquebrantable . Su determinación es total.
Regla 4: Nunca te rindas
Una cita del biopic sobre Mandela 'Invictus': "Tu, mi amigo, eres el responsable de todo lo que te está pasando."
"Soy el amo de mi destino, el capitán de mi alma"
Nelson Mandela (1918-2013)
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Texto de Max Harland

domingo, 24 de noviembre de 2013

Nos unimos a la lucha contra la violencia de género




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