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lunes, 13 de junio de 2016

8 Alternativas a gritar que funcionan de verdad


Conseguir que nuestros hijos pequeños nos escuchen y obedezcan puede ser un reto en ciertos momentos. Aunque estemos frente a un niño obediente siempre habrá momentos en los que su cansancio, el contexto de juego con sus hermanos u otra cosa que le llame más su atención que tu propia voz haga que simplemente no te escuche. En algunas ocasiones puede ser divertido unirse al juego, o dejar al niño que se quede en su mundo, pero en otras necesitaremos que nuestro hijo nos atienda.  Cuando esto no ocurre de manera natural, el primer instinto será gritar.

Todos los padres gritan en alguna ocasión. El grito aparece de manera natural cuando nos sentimos frustrados porque nuestros hijos no nos escuchan. Si estamos cansados o malhumorados es más fácil que acabemos soltando un grito. Sin embargo, a la mayoría de niños no les gusta que sus padres griten y la mayoría de padres no les gusta que sus hijos solo les escuchen cuando gritan. A continuación puedes encontrar 8 estrategias eficaces para reducir al máximo los gritos en tu casa.

1.Pon normas claras

La primera regla de oro para evitar los gritos es tener una serie de normas claras que faciliten la convivencia. Unas normas claras a la mesa, unas reglas que delimiten los tiempos de televisión, juego y ayuda en casa, permitirán que los niños estén centrados en lo que tienen que estar y que tengan los oídos despejados y la mente preparada para escuchar y hacer lo que le pedimos.

2.Establece el protocolo de emergencia

Acuerda un protocolo de emergencia con tus hijos. Después de un día en el que les grité a mis hijos (2, 3 y 5 años de edad) a la hora de la cena porque no me estaban obedeciendo, ellos me regañaron y me dijeron lo mal que se sentían cuando me enfadaba tanto. Yo reconocí mi fallo y les pedí que me dieran una alternativa. Ellos estuvieron de acuerdo que mi labor de padre era difícil si mi única alternativa era el grito, así que acordamos tener una especie de “protocolo de emergencia”. Acordamos entre todos que, antes de gritar, les avisaría. La señal para acordamos para avisarles de que estaba a punto de estallar sería contar hasta tres, avisando de antemano que estaba a punto de gritar. En cuanto veo que mis ánimos se están cargando, les digo, “Estoy a punto de enfadarme de verdad, voy a contar hasta tres y os quiero a todos sentados a la mesa…”. Con esta señal su cerebro sabe inmediatamente que están sobrepasando el límite de mi paciencia (que si, como la de todos, tiene un límite) y enseguida obedecen. Ellos tienen una señal de aviso que les sirve para reaccionar y a todos nos parece un trato justo. Si no lo has hecho, no lo dudes; acuerda con tus hijos un “protocolo de emergencia” y ahorraréis gritos y disgustos.

3.Actúa como si fuera sordo

Para llamar la atención de una persona sorda no le puedes gritar (ni tampoco hablar), porque simplemente no te puede escuchar. Con un hijo que está absorto mirando algo o enloquecido jugando con sus hermanos puede pasar lo mismo. El colectivo de personas sordas utiliza otras estrategias para llamar la atención de sus compañeros sordos. La que más utilizo en casa es tocar el hombro de mis hijos para llamar su atención. El contacto físico hace que podamos llegar al cerebro del niño por una vía poco habitual lo que provocará su sorpresa y aumentará la probabilidad de que nos preste atención.

4.¿Has probado a pedirlo por favor?

La palabra mágica, no solo funciona con los adultos. Los niños también prestan más atención cuando les pedimos las cosas por favor. Desde los dos años de edad los niños desarrollan su instinto altruista y son más proclives a actuar de una determinada manera cuando perciben que están ayudando a otra persona. Pedir al niño que, por favor, nos escuche o nos ayude, aumentará las probabilidades de que el niño preste la atención.

5.Díselo al oído

Esta es una estrategia que me funciona especialmente bien. Cuando  decimos algo al oído normalmente ponemos la mano alrededor de la oreja, permitiendo el contacto físico. Ese contacto físico hará que su cerebro segregue oxitocina (la hormona del vínculo y la unión) facilitando que el niño te preste más atención. Así mismo, cuando susurramos, su atención auditiva tiene que esforzarse por escuchar tu mensaje con lo que conseguiremos que (1) se concentre (2) se calme (3) entienda el mensaje que le queremos transmitir. Si al terminar el mensaje secreto lo acompañamos con un “Venga, obedece, gamberrote” el éxito está casi asegurado. Es una técnica que realmente funciona muy bien. Al fin y al cabo ¿a qué niño no le entusiasma conocer un secreto?

6.Ponte al nivel de sus ojos

Uno de los mayores errores de los padres que quieren que sus hijos les hagan caso es hablarles en la región periférica del campo visual. En esta región periférica los estímulos son percibidos por el cerebro como irrelevantes. Si les hablas a tus hijos de pie (mientras ellos están sentados en el suelo) o desde su espalda (mientras juegan a la consola) la probabilidad de que te hagan caso es muy pequeña. En esa disposición tú y tus intenciones resultáis irrelevantes. No es de extrañar que el padre o madre que se siente ignorado se frustre y acabe gritando, pero esto se podría evitar simplemente agachándote y poniéndote al nivel de sus ojos. Si sus ojos miran a tus ojos es muy probable que su cerebro también escuche tus palabras.

7.Sácale del contexto

Cuando el niño está absorto en un juego o saltando sobre la cama con sus hermanos es difícil que te pueda atender. En estos casos sólo suele haber dos alternativas para conseguir que el niño preste atención a tus palabras. Una, es gritarle. La otra es sacarle del contexto que le tiene absorto. Si está jugando a la consola (cosa poco recomendable a estas edades), dile que la pare un momento, y si está en el cuarto de juegos o saltando sobre la cama, quizás te puedas tumbar en ella y, cuando salte sobre ti (que lo hará) puedes atraparlo y llevaros al cuarto de al lado. Si le sacas del contexto que le tiene absorto la probabilidad de que pueda escuchar lo que le dices aumentará.

8. ¡Grita! pero grita sin ira…

Gritar no tiene por qué ser necesariamente malo. Lo malo suele ser la ira que acompaña al grito. Para sortear esa ira prueba este pequeño truco. Justo antes de que estés a punto de perder la paciencia, pega un grito gamberro. Grita a tus hijos que te hagan caso y lánzate a por ellos con una guerra de cosquillas, achuchones o pellizcos. Puede que la calma no llegue inmediatamente a tu hogar, pero descargarás la energía negativa y, cuando acabe la pelea, ellos estarán más dispuestos a obedecer. Así que si lo necesitas, ¡Girta!…pero grita para jugar.

Prueba estas estrategias.  Comienza con  la 1 y la 2 y vete combinándolas con las demás. Verás como te resulta mucho más fácil conseguir que tus hijos  te escuchen sin necesidad de gritar. Os ahorraréis muchos disgustos y vuestra relación  no se resentirá. 

jueves, 10 de diciembre de 2015

¿Cómo evitar el estrés en los conflictos familiares en Navidad?



Se acercan las fiestas y muchos viajarán largos kilómetros para pasar días importantes con la familia. En esta época de largas cenas familiares conviviremos con miembros de la familia en casa y ello suele traer muchos problemas. Es una época así la que nos recalca lo que muchos experimentos ya han encontrado: la gente que más nos molesta e irrita es la gente a la que más queremos y las personas con las que somos más crueles son aquellos a quienes más queremos. Pero… ¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué esas personas que tanto amamos son capaces de volvernos locos? ¿Cómo podemos evitarlo? Hoy vamos a verlo.

Los motivos…

Parece ser que la causa principal de tales problemas es la comodidad, el confort que la cercanía entre miembros de la familia brinda. Esta comodidad nos permite mostrarnos tal y como somos en todas nuestras facetas, las buenas y las malas, la familia brinda un amor incondicional que permite que no nos importe o suponga un riesgo mostrar todos esos aspectos negativos que ocultaríamos a otras personas, haciendo que no intentemos ser más agradables y decorar las cosas como haríamos con un extraño. En la familia los miembros se conocen muy bien, se sienten seguros y aceptados pase lo que pase.

La familia es el lugar donde más cómodos nos sentimos mostrando las emociones negativas, lo cual no quiere decir que la familia provoque más estados o emociones negativas que los que pueda crear otra situación, sino que en la familia tendemos a mostrarlos más. De hecho probablemente estas malas costumbres denoten una mayor cercanía en la relación, uno no suele quejarse abiertamente a alguien en el que no confía.

Los estudios también muestran que somos más agradables con desconocidos que con la familia, al fin y al cabo a los desconocidos les debemos crear una imagen buena, en cambio la familia ya conoce la imagen real y además la acepta incondicionalmente.

Cuando te has acostumbrado a vivir solo durante años, la dinámica al volver a casa suele ser igual, o peor, que cuando te fuiste dado que además de los problemas anteriores (los típicos roces y malos hábitos) se suma tu independencia, las rutinas y la comodidad que has adquirido al vivir solo. Vuelves a casa una semana durante las fiestas y debes adaptarte al ritmo de vida de los demás, se desayuna a la hora que quieren tus padres, las actividades están dictadas por otros, no te puedes levantar cuando quieres, etc… Y eso se añade a la facilidad que tenemos para expresarnos de forma negativa con la familia.

No es infrecuente que reaccionemos de forma muy honesta y poco amable con familiares, como probablemente hagan ellos también: Poner los ojos en blanco ante preguntas sobre la vida personal, ignorar preguntas o comentarios, contestar mal, etc… Seguramente luego te des cuenta de que tu madre/tío/hermano/abuela solo intentaba ser amable e interesarse por ti y entonces aparezca la culpa por haber sido poco amable, un cóctel de emociones perfecto para las fiestas.

Otro factor que influye es el peso y el valor emocional que se le dan a los comentarios que provienen de alguien a quien queremos. Si un desconocido te dice que no le gusta tu peinado seguramente te siente mal pero lo ignores, en cambio es muy difícil ignorar una crítica de alguien a quien queremos y amamos, es un comentario que duele más y que se dará por cierto dado que esa persona realmente si nos conoce como para poder emitir un juicio de valor. Cuando esto ocurre nos volvemos inseguros y nos ponemos a la defensiva pues percibimos un ataque de alguien que objetivamente puede hacernos daño emocional. Este tipo de daño emocional suele acabar en una discusión o en devolver directamente la crítica a la otra persona, para hacerla sentir tan mal como nosotros nos sentimos.

Además de todo esto se añade que cuando hay confianza y sabemos lo que siente la otra persona por nosotros tendemos a aprovecharnos, a pedir favores, dejar que la otra persona haga las cosas difíciles o pedirle cosas que no pediríamos a otro. Cuanto más cómodo está uno en una relación menos esfuerzo pone, nos acomodamos y la relación acaba por resentirse, esto se entiende muy bien en las relaciones de pareja y se debe aplicar a la familia también, una relación positiva es muy difícil mantenerla durante largos periodos de tiempo y requiere de un esfuerzo.

Y por último añadimos el factor detonante, el estrés de las fiestas, los regalos, las comidas, los horarios en navidad, los viajes en avión, etc… Todo el estrés y el malestar físico que se asocia a estos eventos suele bajar nuestras defensas o nuestros “controles” internos y acabamos teniendo un peor manejo emocional. El estrés nos vuelve hostiles, agresivos y malhumorados, no hablemos ya si al cóctel emocional le añadimos el alcohol.

¿Qué problemas acarrea esta actitud?

En casi todos los problemas que hemos comentado la persona focaliza su atención en sí misma, y de ahí parte el problema, si uno se centra en sus propias emociones, ve lo que hacen los demás como un ataque a su intimidad, rutina o independencia, lo que ocurre es que reaccionará mal, en cambio si consiguiéramos ponernos en el lugar de la otra persona, en el por qué hace eso, seguramente frenaríamos muchos de los conflictos.

Es cierto que ser honesto, directo y no censurar lo que uno siente indica que la relación es fuerte y estrecha pero no quiere decir que hacerlo sea algo bueno. La expresión de emociones negativas puede llegar a ser disfuncional cuando ponemos nuestras necesidades emocionales por encima del otro (o no las tenemos en cuenta).

¿Qué podemos hacer?

Hay que intentar mantener relaciones sanas y tratar a la familia bien, deberíamos aprender a poner las necesidades del otro por delante de las nuestras. Aunque es muy tentador ser honesto y expresar las emociones que uno siente en este tipo de relaciones tan seguras, hay que tener en cuenta que se corre el riesgo de crear patrones de comunicación disfuncionales que luego son muy difíciles de corregir, además se empeora la relación si lo hacemos continuamente. Puedes hacerlo, sí, pero prioriza primero el bienestar de la otra persona, mostrar las emociones negativas debería ser secundario a eso.

Puedes ser tu peor versión de ti alrededor de la familia y ellos lo aceptarán, saber eso es confortante y liberador, pero no quiere decir que tengas que serlo. Ser la peor versión de ti mismo no va a hacerte sentir mejor ni más feliz y sin duda no es lo que la familia merece. Alguien que acepta tu peor versión de ti, tu lado malo, en realidad se merece tener tu lado bueno y que le muestres la mejor versión de ti mismo.

Si quieres que un encuentro familiar sea positivo la clave está en el intercambio emocional positivo, el compartir experiencias  positivas. Uno no puede elegir a su familia pero sí puede elegir como pasa el tiempo con ella.

Utiliza lo que sabes en tu favor, las familias son muy predecibles, si sabes que tu madre se enfada cada año porque a alguien se le olvida traer el hielo, anticípalo y trae tú el hielo, si el abuelo siempre te pregunta que piensas hacer con tu vida y acabáis creando un clima muy negativo, mentalízate el día antes de que ello va a ocurrir y piensa como contestarle para no desencadenar la secuencia de cada año. Puedes pensar actividades para “desconectar” el patrón negativo una vez se ha iniciado, por ejemplo planear paseos en familia, juegos de mesa o tener algún tema alegre en la manga para los momentos difíciles. Intentad introducir rituales positivos en las festividades y  congregaciones familiares, por ejemplo rondas de chistes, manualidades para los pequeños, ver fotos familiares, o que los abuelos cuenten historias antiguas sobre la familia.

Si te encuentras desbordado en un momento procura tener alguna técnica de evitación de conflictos familiares, por ejemplo una actividad (cocinar o jugar con los niños) en la que puedas concentrarte unos minutos hasta que se pase la emoción negativa y puedas retomar la interacción de forma positiva, procura no desaparecer porque eso genera más emociones negativas, busca una buena excusa antes de salir de la situación y siempre procura que sea antes de que estallé la discusión.

Piensa en tu conducta en las relaciones familiares, puede que los demás no estén haciendo el mejor trabajo del mundo, pero, ¿Y tú? ¿Cómo te comportas a su alrededor?

MEDCIENCIA

martes, 16 de junio de 2015

Guía para tratar los asuntos delicados con las personas a las que quieres


Todas las parejas tienen uno o varios asuntos especialmente sensibles, que ambas partes reconocen como delicados, y no todas los afrontan como debieran

Por mucho que quieras a tu pareja, y por muy bien que funcione la relación, seguro que hay asuntos sobre los que no estáis de acuerdo o en torno a los que las peleas son muy frecuentes. Algunos matrimonios discuten más por el dinero, otros por el sexo, otros por las tareas del hogar… Todas las parejas tienen uno o varios asuntos especialmente sensibles, que ambas partes reconocen como delicados, pero no todas los afrontan de la misma forma. Hay quienes se pasan el día discutiendo sobre lo mismo, sin llegar a una solución, y hay quienes sencillamente evitan a toda costa hablar del tema. La mala noticia, es que ninguna de estas opciones es saludable.

Siempre se ha dicho que la honestidad es la clave de una relación sana, y es cierto, pero tampoco es bueno pasarse con ésta. Como explica Carlin Flora en Psychology Today, la sinceridad total no siempre es la mejor opción: “Cuando se trata de discutir los temas calientes de una relación, el cómo, el cuándo, el por qué e, incluso, la manera en que te expresas, son críticos para que la conversación sea fructífera y, en definitiva, para que la relación sea satisfactoria. Hazlo bien y fortalecerás tu relación y tu bienestar. Hazlo mal, y colocarás un doloroso obstáculo entre la persona que amas y tú”.

Ojos que no ven, corazón que no siente
En un mundo ideal todos seríamos transparentes con nuestros seres queridos, pero hasta en las relaciones más sanas y satisfactorias se evita hablar de ciertos temas. En ocasiones, lo más inteligente para una pareja es evitar las situaciones que pueden ser perjudiciales para ésta. Y si se hace de forma inteligente no hay nada malo en ello. “No todos los pequeños detalles tienen que discutirse con la pareja”, explica la profesora de comunicación de la Chapman University en Orange Jennifer Bevan. “¿No quieres ir a ver una determinada película? Bueno, de eso va el compromiso. Eso significa estar en una relación”.

El esfuerzo que tenemos que hacer para ocultar una preocupación a nuestra pareja provoca ansiedad y estrés, algo que no sólo puede minar nuestra relación, sino también nuestra salud.

La excesiva sinceridad ocasiona discusiones constantes –que por triviales que sean, minan el bienestar de la relación–, pero puede suplirse con privacidad. ¿Hay algo que a tu pareja no le gusta? Hazlo cuando no esté. Todos necesitamos nuestro propio espacio. La intimidad es la única manera de proteger nuestra identidad y la de nuestra pareja.

Dicho esto, no siempre es bueno evitar el conflicto. En ocasiones, el hecho de que estemos empeñados en esquivar determinadas conversaciones es más pernicioso que aquello que se va tratar en esta. Y lo cierto es que, si hay demasiadas cosas que somos incapaces de tratar con nuestra pareja, es que la relación no va por buen camino. Máxime si estas son importantes. El esfuerzo que tenemos que hacer para ocultar una preocupación a nuestra pareja provoca ansiedad y estrés, algo que no sólo puede minar nuestra relación, sino también nuestra salud.

La conversación perfecta
Cuando tengamos que tratar un tema delicado con nuestra pareja debemos tener en cuenta los objetivos de la conversación. Sí, solucionar el problema o asunto en sí por el que iniciamos la charla es uno de ellos, pero además esta tiene que servir para que ambos reforcéis vuestra identidad (si tratas de exigir algo, o subyugar a la otra persona, te irá muy mal), y vuestro vínculo afectivo. Una conversación delicada en la pareja no es sólo un tránsito del punto A o B, está repleta de signos verbales o no verbales que pueden fortalecer o dañar la relación. Y es algo que hay que tener muy en cuenta.

Estos son las cuestiones que, según Flora, debemos plantearnos antes, durante y después de tratar un tema serio con nuestra pareja, para que la conversación resulte satisfactoria para ambas partes.
1. Piensa por qué quieres tratar el tema
Antes de abrir la boca piensa bien de qué quieres hablar y por qué quieres hacerlo. Antes de discutir, clarifica tus ideas y hazte una pregunta: ¿quieres hablar sobre el asunto por tu propio bien o por el bien de la relación? Si la discusión no va a aportar nada a la relación, quizás debas evitarla.
2. Asegúrate de si merece la pena
Siempre que afrontamos una conversación delicada con la persona que amamos nos preguntamos si será peor el remedio que la enfermedad. Y es una pregunta lógica. Pero no siempre podemos pensar que no merece la pena. Si no hablas de cosas importantes con tu pareja de vez en cuando os iréis alejando de forma irremediable.
3. Haz una prueba
Una buena idea para tratar un tema espinoso es hacer aproximaciones antes de echar la carne en el asador. Puedes, por ejemplo, sacar el tema que quieres tratar hablando de una tercera persona (“Mi amigo Fran ha sido infiel. Pero está arrepentido. Me da un poco de pena…”) Así verás qué opina tu pareja sobre el asunto y valorar si es mejor mantener la boca cerrada.
4. Espera al momento adecuado
Para iniciar una conversación peliaguda debes elegir bien el momento en que tu interlocutor vaya a estar receptivo. Hazlo cuando estéis solos, nadie os vaya a molestar y el clima sea distendido y agradable. Y sobre todo…
5. No tengas conversaciones delicadas cuando estés enfadado
El peor momento para mantener una conversación delicada es justo el momento en el que más veces las mantenemos: cuando estamos enfadados. Normalmente el proceso es el que sigue: discutimos por un tema trivial, que nos provoca un enfado y aprovechamos para soltar la artillería pesada. Mala idea. Si estás enfadado date un paseo, pero aborda los temas importantes con la mente calmada. Si estamos cabreados es sencillo que digamos cosas de las que luego nos arrepentiremos.
6. Busca la calidad, no la cantidad
Igual de malo es evitar una discusión como discutir a todas horas. Una charla productiva es mucho mejor que diez pequeñas conversaciones que no van al meollo del asunto. Dicho esto, ten en cuenta que una conversación es un proceso que probablemente lleve a otra conversación. Tampoco pretendas solucionar todos tus problemas tras estar un rato hablando.
7. Habla por ti, no por el otro
Uno de los errores más comunes cuando discutimos con nuestra pareja es dar por sentado cosas que piensa la otra persona pero que en realidad nos conocemos. Habla siempre de lo que tú crees y sientes, nunca de lo que cree y siente la otra persona, porque eso, sencillamente, no lo sabes. Usa expresiones como “déjame decirte cómo me siento”, nunca frases del tipo “te voy a decir cómo eres”.
8. Ponte en su lugar
La empatía es la mejor herramienta con la que contamos para tratar temas delicados con nuestra pareja. Para saber lo que el otro siente es necesario que hagamos el esfuerzo de ponernos en su lugar y nos sintamos responsables de nuestro papel en la situación y los errores que hemos podido cometer. Sé comprensivo, además, con la reacción que puede tener tu pareja: hay gente más sensible que otra, y es algo que tenemos que tener muy en cuenta.
9. No te vayas por las ramas
Al iniciar una conversación delicada con nuestra pareja corremos el riesgo de abrir la caja de Pandora y que empiecen a salir trapos sucios a diestro y siniestro. En cuanto esto ocurra, echa el freno. No puedes hablarlo todo a la vez. Deja claro que no es el momento y ve tratando cada cosa a su tiempo. Si una conversación de este tipo se alarga demasiado ambos podéis acabar exhaustos y muy enfadados.
10. Rebaja la tensión
La mejor forma de quitar tensión durante una conversación delicada es ser divertido y hacer bromas. Hay quien puede pensar que esto no viene a cuento, pero es lo mejor que podemos hacer para enfriar la situación y ver las cosas con mayor perspectiva. El humor es el mejor antídoto contra la ira, la frustración, el resentimiento y la tristeza.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Suponer en vez de preguntar


Creemos que sabemos lo que piensa el otro. Tendemos a hacer suposiciones sobre todo lo que nos rodea. Y además, pensamos que aquello que suponemos es real. Hacemos suposiciones sobre lo que los demás hacen, sienten o piensan y luego nos tomamos las cosas como personales. Y entonces, ¿a dónde nos lleva todo eso? A atacar, culpar y criticar al otro. A sentirnos, heridos cuando puede ser que lo que ha dicho la otra persona no tenga nada que ver con lo que nosotros hemos interpretado…

La necesidad de sentirnos entendidos

Como humanos que somos tenemos la necesidad de sentirnos queridos, valorados y entendidos. Necesitamos explicar, justificar y entenderlo todo para sentirnos seguros. Queremos que nos entiendan, por la misma razón, buscamos en el otro seguridad y bienestar. Por ejemplo, suponemos que nuestra pareja, sabe lo que pensamos, o lo que necesitamos, y que no es necesario que le digamos lo que queremos. Harán exactamente lo que queremos, por que nos conocen tan bien…Y entonces, cuando no hace exactamente lo que queremos, o necesitamos, nos enfadamos, porque no nos sentimos mirados, reconocidos ni entendidos.

El miedo a preguntar

Tenemos miedo a pedir una aclaración de lo que acabamos de escuchar. Miedo al que dirán, miedo al que se enfaden con nosotros, miedo al conflicto, miedo a perder al otro…. y por ese motivo presuponemos. Para evitar sentir miedo, y a la vez para convencernos de que “ya sabemos” lo que piensa el otro, “ya comprendemos” al otro. Ese miedo es el que nos lleva al conflicto, porque de alguna manera, interpretamos lo que nos dicen, y nos lo tomamos como personal, como un ataque directo hacia nosotros. Solo vemos lo que queremos ver, y oímos lo que queremos oír. Filtramos porque nos lo llevamos a terreno personal. Cuando creemos algo, suponemos que tenemos razon hasta el punto de enzarzarnos en una batalla, y destruir relaciones por defender nuestra posición.

Suponemos que todo el mundo ve la vida con las mismas gafas que nosotros. Que todo el mundo piensa, siente y actúa con nuestros mismos valores, y creencias. Esta es la suposición más grande que hacemos ante los demás. Creer que nuestro mapa mental es igual que el mapa mental de mi vecino. Esta es la razón por la cual, nos da miedo ser auténticos ante los demás, por miedo a que nos juzguen, como nosotros hacemos con nosotros mismos. Somos los primeros que nos rechazamos, ante nosotros.

Preguntar en vez de suponer


La manera de dejar de suponer, es empezar a preguntar. Aunque creamos que sabemos la respuesta, que hemos entendido el tono de voz, y que la cosa va con nosotros, quizá no es así. Por eso, para evitar malentendidos, es necesario no interpretar en la medida de lo posible. Sino preguntar, y seguir preguntando. Si dejamos de suponer cosas ante nuestra pareja, ante nuestra familia, ante nuestros amigos,nos facilitaremos mucho la vida porque podremos comunicarnos desde un lugar más claro y transparente con los demás, y sobretodo con nosotros mismos.

jueves, 5 de febrero de 2015

5 razones para dejar de gritar a tus hijos y 10 claves para conseguirlo


La mayoría de los padres piensan que deberían dejar de gritar a sus hijos pero luego, sin darse ni cuenta, se sorprenden a sí mismos recurriendo una y otra vez al grito. Parece que nuestros hijos no obedecen hasta que, hartos de repetir la misma orden, se la gritamos. Es verdad que el grito llama su atención en un primer momento, pero a la larga dejará de tener efecto y entonces ¿qué haremos? ¿Gritar más fuerte, gritar más rato, vivir a gritos?

¿Es posible educar sin gritar?

Evidentemente sí. De hecho debería ser nuestra elección. Nuestros hijos han aprendido a no obedecer hasta que nos ven realmente enfadados y este es un mal hábito que han adquirido. Por lo tanto, es un hábito que debemos hacer desaparecer y generar uno más saludable. Gritar entrena a nuestros hijos a no escuchar hasta que se les levanta la voz. Cuanto más lo usamos, más los entrenamos y más nos costará que obedezcan sin necesidad de gritar.

Dejar de gritar no es fácil porque supone tener un gran autocontrol sobre nuestras emociones sobre todo de la ira y la rabia que nos genera ver la desobediencia diaria en nuestros hijos. Es un entrenamiento que lleva tiempo. Primero sabremos frenarnos al minuto de estar chillando, pero poco a poco, seremos capaces de frenar antes de empezar a gritar, es cuestión de proponérselo, es cuestión de añadirlo a la lista de objetivos del 2015.

5 razones para dejar de gritar a vuestros hijos

Gritar convierte a los niños en sordos
Cualquier explicación o aprendizaje que queramos darles con el grito será inútil, porque los oídos de nuestros hijos se cierran automáticamente después de oírlo. Después de una interacción negativa nadie está dispuesto a escuchar con verdadera atención y con ganas de aprender y mejorar, eso solo se consigue con interacciones positivas. Si queremos hacer mejores a nuestros hijos, no lo conseguiremos a gritos.

Gritar no ayuda a gestionar las emociones
Nosotros somos un ejemplo de comportamiento de nuestros hijos. Cuando perdemos el control y gritamos, lo que les enseñamos es a gestionar la ira y la rabia con agresividad. Conseguiremos unos adolescentes llenos de rabia que gritan y pierden el control delante de la explosión de emociones que se tiene en esa etapa evolutiva. Si nosotros ayudamos a nuestros hijos a gestionarlo de otra manera, con autocontrol, con calma, hablando abiertamente de las emociones en casa, ellos aprenderán a dar respuestas más adecuadas a la ira y a la rabia. Si oyes gritos aprendes a gritar.

Gritar asusta a nuestros hijos
Ellos sienten miedo al principio y después rabia e impotencia. ¿Es miedo lo que queremos que sientan nuestros hijos? Seguro que no, nuestra intención cuando gritamos es que obedezcan, que aprendan, que hagan lo correcto, que nos respeten, etc… pero no queremos provocarles miedo. Por lo tanto, con nuestra actitud no conseguimos el efecto que queremos: el respeto se gana respetando, la obediencia se gana con paciencia, los aprendizajes requieren un tiempo y un esfuerzo y que hagan lo correcto dependerá en gran medida de nuestro propio comportamiento.

Gritar los aleja
Cada vez que les gritamos, ponemos una piedra de un muro que nos separa. Perdemos autoridad positiva, perdemos respeto, perdemos comunicación, ganamos distancia, ganamos frialdad en las relaciones, ganamos más gritos y ganamos malestar emocional.

A más gritos, menos autoestima
Educar a gritos tiene un efecto nefasto sobre la autoestima de nuestros hijos. Lejos de sentir que estamos orgullosos de sus logros y sus esfuerzos, lo que sienten es que nunca están a la altura, hagan lo que hagan, siempre aparecen los gritos y borran cualquier sentimiento de haber hecho algo bien.

¿Cómo conseguimos dejar de gritar?

Adquirir un compromiso
Será como un pacto de familia donde nos comprometemos a dejar de gritar y a hablar con respeto. Diremos a nuestros hijos que estamos aprendiendo a hacerlo y que nos tendrán que ayudar, que es probable que cometamos errores pero que si tienen paciencia cada vez lo haremos mejor.

Nuestro trabajo como padres es controlar nuestras emociones

Con el manejo de nuestras emociones les enseñamos a controlar las suyas. Si somos un buen ejemplo, ellos serán mejores. Por lo tanto, debemos empezar a trabajar con nuestras emociones, lo que sentimos, lo que transmitimos y como lo controlamos. Es un entrenamiento que requiere tiempo y esfuerzo.

Recordar que los niños deben actuar como niños
Son cientos las veces que he oído decir a los padres en consulta:

-Es que tengo que repetirle mil veces que se vista. Cada mañana es la misma historia. Está claro que le gusta verme enfadado/a

-¿Cuántos años tiene su hijo/a?

-Cinco años. Yo creo que ya sabe lo que debe hacer pero solo piensa en jugar.

Ante esto, yo siempre digo lo mismo: lo que realmente me preocuparía es que usted se sentara en esa silla y me dijera que su hijo/a de cinco años se viste solo/a cada mañana sin necesidad de que usted le recuerde lo que debe hacer. Porque entonces seguro que habría algún problema. Los niños deben jugar, es lo que les toca a esa edad y nosotros somos los encargados de recordarles cada día sus obligaciones. Es nuestro trabajo de padres. Si nuestro jefe nos dijera que cada día tenemos que recordar al conserje que debe encender la luz, lo haríamos a diario, sin pensar si el conserje lo debería hacer por si solo o no. Pues con nuestros hijos es lo mismo, cada día debemos recordarles las mismas cosas hasta que adquieran el hábito y entonces tendremos que recordarles las siguientes. Es un trabajo que nunca acaba.

Dejar de reunir leña
Cuando tienes un mal día, cualquier chispa encenderá el fuego. Date un momento, haz algo que te haga sentir mejor y deja de reunir leña para el fuego. En algún momento tienes que parar.

Ofrecer empatía cuando tu hijo expresa cualquier emoción
Cualquier emoción, buena o mala, debe ser escuchada. Para mostrar empatía debemos hacer entender a nuestro hijo que entendemos cómo se siente. Así aprenderán a aceptar sus propios sentimientos que es el primer paso para aprender a manejarlos. Una vez que los niños pueden manejar sus emociones, podrán manejar también su comportamiento.

Trata con respeto a tu hijo
Cuando los niños son tratados con respeto sienten más ganas de portarse bien y de tratar con respeto a los demás. Simplemente debes entender que tu hijo merece tu respeto más que cualquier otra persona.

Cuando te enojas, STOP
Para, cierra la boca. No hagas nada ni tomes decisiones. Respira hondo. Si ya estás gritando para en medio de la frase. No sigas hasta que no estés tranquilo. Hablar, castigar o actuar cuando uno está enojado aumenta notablemente la probabilidad de tomar malas decisiones, de gritar en vez de hablar, de usar castigos exagerados y poco educativos y actuar de manera desproporcionada.  Le invitamos a leer nuestro post las 10 claves para usar bien el castigo.

Respira y date cuenta de tus sentimientos
Cuando te enfades con tu hijo/a y sientas ira y rabia, aléjate de la situación si es posible y respira. Lávate la cara y piensa en lo que hay debajo de esa ira que suele ser miedo, tristeza y decepción. Date un espacio para sentirlo y llora si así lo sientes, después verás como la ira desaparece.

Encuentra tu propia sabiduría
Analiza la situación de manera objetiva. Ahora que ya no sientes ira, será más fácil. Piensa en qué quieres conseguir y cuál es la mejor manera de hacerlo. Quieres que tu hijo te obedezca, ten paciencia y repite la norma las veces que haga falta, incluso ayúdale físicamente a hacerlo, cógele de la mano y guía sus pasos. Quieres que tu hijo te respete, enséñales con el ejemplo. Quieres educar bien a tu hijo, hazlo desde el reconocimiento y desde el afecto no desde los gritos y los castigos. Fija tus objetivos y fija también tus pasos. Los aprendizajes requieren tiempo y paciencia, tu hijo no lo puedo aprender todo a la primera, más bien es al contrario, no aprenderá nada a la primera.

Adopta medidas positivas, busca un lugar tranquilo
Todos hemos vivido esos momentos de tensión en casa, momentos que generan un gran malestar emocional y que cada movimiento no hace más que aumentar la tensión. Unos gritan, otros lloran, nadie hace lo que debe hacer y parece que nada puede parar esa ira. ¿Qué podemos hacer?

  • Pide a tu hijo un time-out: tiempo fuera. Uno en cada sitio hasta que se desvanezca la ira.
  • Pídele disculpas.
  • Ayuda a tu hijo a gestionar la rabia que siente, que se sienta comprendido, explícale que tú también te sientes así a veces.
  • Busca un lugar tranquilo donde esconderos, debajo de una gran sábana para dejar pasar de largo la ira y la rabia.
  • Lee un cuento tras otro, hasta que se desvanezca la rabia.
A veces, basta con dar un paso para ayudar a nuestro hijo a que se sienta mejor para que la ira desaparezca.

Ayudando a nuestros hijos a gestionar bien sus emociones, aprenderemos mucho de las nuestras y seguro que esto nos hará a todos mucho mejores.

martes, 29 de octubre de 2013

Revisar nuestro punto de vista


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SÁBANAS
Una pareja de recién casados, se mudó para un barrio muy tranquilo.
En la primera mañana en la casa, mientras tomaba café, la mujer reparó a través de la ventana que una vecina colgaba sábanas en el tendal.

-¡Qué sábanas sucias está colgando en el tendal!
-Está precisando de un jabón nuevo... ¡Si yo tuviese intimidad le preguntaría si ella quiere que yo le enseñe a lavar las ropas!-
El marido miró y quedó callado.

Algunos días después, nuevamente, durante el desayuno, la vecina colgaba sábanas en el tendal y la mujer comentó con el marido:
-¡Nuestra vecina continúa colgando las sábanas sucias! ¡Si yo tuviese intimidad le preguntaría si ella quiere que yo le enseñe a lavar ropas!-

Y así, cada dos o tres días, la mujer repetía su discurso, mientras la vecina colgaba sus ropas en el tendal.
Había pasado un mes, la mujer se sorprendió al ver las sábanas siendo tendidas, y entusiasmada fue a decir al marido.

-¡Mira, ella aprendió a lavar las ropas! ¿Será que la otra vecina le enseñó...? Porque yo no hice nada.-
El marido calmosamente respondió:

-¡No, hoy yo me levanté más temprano y lavé los vidrios de nuestra ventana! -
 Y así es. Todo depende de la ventana, a través de la cual observamos los hechos. Antes de criticar, verifiquemos si hicimos alguna cosa para contribuir. Verifiquemos nuestros propios defectos y limitaciones.

Lave sus vidrios. Abra su ventana...

PSICOLOGÍA EMOCIONAL